Danilo Jiménez.   16 agosto

La vida de Manfred Ugalde es un carrusel de emociones fuertes cuando apenas es un proyecto de hombre y futbolista con hombros todavía frágiles para tanta responsabilidad.

Vladimir Quesada cortó su adolescencia y lo formó en el ataque del Saprissa a los 16 años, endosándole la tarea de hacer feliz a medio país y condenándolo al ojo escrutador del resto.

Y donde otro hubiese sucumbido a los nervios, este adolescente correspondió con goles y producciones convincentes, que empujaron a algunos a compararlo con Rolando Fonseca, así, de entrada.

Póngase en el lugar del chico: 17 años, ni hombre ni niño, titular, figura en ascenso, objetivo de periodistas que hurgan todo en su vida para asegurarse la nota del día a su costa.

Tengo una hija un año menor y respeto a este muchacho por lo que representa ser adolescente en estos tiempos de WhatsApp, redes sociales, popularidad virtual, presión social y autoestima medida en “me gusta”.

Sería ridículo y desleal que un hombre camino al otoño de su vida como yo se ensañara con un muchacho que descargó tanta presión con un recurso primitivo al hincarle los dientes a Junior Díaz.

Ese mordisco impensado lo patentó Luis Suárez, el “9” alfa uruguayo de los últimos tiempos, y no perduró como moda por las sanciones ejemplarizantes y el repudio mundial.

Aunque Junior se tiró al suelo, después, en zona mixta, se tomó la cosa más a la ligera y hasta se animó a aconsejarlo, al decirle que se cuide porque en otra, si lo ven, lo expulsarán.

Me quedo con el Manfred que se disculpó, el que admitió su error, el que reconoció que su acción va en contra de los valores que le han enseñado, y le dio vuelta a la página para seguir con su vida.

Estamos frente a la que se perfila como la aparición más importante del fútbol de Costa Rica en el último año, pero dejémoslo hasta ahí; evitemos las peligrosas comparaciones y concedámosle su derecho genuino a conjugar el verbo ser.

Está en una edad ideal para aprender, crecer, caer y levantarse, escuchar a quienes realmente le desean el bien, a discriminar entre lo que le conviene o no, y en esa tarea serán vitales el técnico y sus padres.

Estos dos partidos fuera por sanción son una inversión minúscula de sacrificio si los comparamos con el beneficio potencial del escarmiento, la vuelta a la realidad, y esa cachetada necesaria de sensatez.

Y lo mejor de la anécdota es que Saprissa no tendrá un aprendiz de conde Drácula porque el propio Manfred le enseñó un crucifijo, una cabeza de ajos y lo pulverizó.