Roberto García H.. 4 mayo

Malos arbitrajes y malcriados en la cancha son factores que atentan contra el fútbol en Costa Rica. Es un hecho que los encargados de aplicar el reglamento han dado muestras palpables y lamentables de su incapacidad. Pero también han incidido el pachuquismo y la abrumadora malacrianza de muchos futbolistas de la Primera División.

¿Quién mete a los árbitros intentando separar a jugadores que se trenzan en insultos, empujones y palabrotas? ¿No conocen la técnica del colibrí? En mis tiempos de cronista, silbateros con el cartel de Berny Ulloa, Rónald Gutiérrez, Rodrigo Badilla y Rónald Cedeño, entre otros, aplicaban a la perfección el recurso del colibrí. Este consiste en tomar distancia de cualquier pleito, poner ojo avizor y, después de la tremolina, mostrar tarjetas rojas y/o amarillas. Un árbitro está para conducir el juego y para aplicar con buen juicio el reglamento; no para enredarse en cada reyerta. Que sean los revoltosos quienes apechuguen con sus consecuencias. Vale agregar que árbitros como los citados infundían respeto y además, por qué no decirlo, les ayudaba la estatura, de modo que no era cualquiera el que se atrevía a encararlos.

En cuanto a los futbolistas, es impresionante el tupé de muchos, sobre todo consagrados. Asumen que la trayectoria que los respalda es patente de corso para zarandear a un árbitro e impresionarlo a tal grado que este permanece impávido, sin amonestar, siquiera. Si queremos que nuestro fútbol evolucione y se despoje de la etiqueta tercermundista, hay que hundir el bisturí en el arbitraje nacional; dilucidar, por ejemplo, si los árbitros son empleados o no de la Federación Costarricense de Fútbol, porque cada vez que hay problemas, la Fedefútbol se desmarca olímpicamente de la responsabilidad y los deja en el limbo, una condición anómala que genera el caos, además de las improcedentes y estériles recusaciones de los clubes.

En esta falta de creatividad general, aflora el espejismo de contratar árbitros extranjeros en fases decisivas de cada torneo, como si la importación de hombres del silbato garantizara que no se van a equivocar. En síntesis, impericia de los árbitros y malacrianza de los futbolistas, dos males endémicos que urge erradicar. Por el bien de la sociedad y del fútbol.