José David Guevara Muñoz. 3 enero, 2018

A Hernán Medford Bryant le agradeceré siempre el golazo que le anotó a la Selección de Fútbol de Suecia el martes 20 de junio de 1990, el cual le permitió a Costa Rica clasificar a octavos de final en la primera Copa del Mundo a la que asistimos: Italia 1990.

Seamos sinceros: ¿a quién, casi 27 años después de esa gesta, no se le eriza aún la piel cuando observa el video de esa anotación narrada por el incomparable Manuel Antonio Pilo Obando?

Vi la transmisión televisiva de ese partido jugado en el estadio Luigi Ferrara, en Génova, en la sala de redacción del periódicoLa Nación. El pulso se me aceleró desde el preciso instante en que Alexandre Guimaraes cabeceó el balón en el medio campo para servírselo al Pelícano, quien corrió y devoró metros como nunca en su vida para finalmente rematar yconvertir aTiquiciaenuna fiesta. Lo confieso: se me salieronlas lágrimas.

Imposible no darle también las gracias por haber conducido —con el apoyo de Óscar Ramírez— al Deportivo Saprissa hacia la obtención del tercer lugar en el Mundial de Clubes de la FIFA, jugado en Japón en diciembre del 2015.

Primero se le ganó al Sidney de Australia, con un gol de Christian Bolaños. Después se perdió 3-0 ante el Liverpool de Inglaterra y, finalmente, se triunfó 3-2 frente al Al-Ittihad de Arabia Saudita el lunes 18 de diciembre, con dos goles de Álvaro Saborío y un latigazo de Rónald La bala Gómez. Tengo viva la imagen de Medford celebrando como loco con abrigo, gorro, guantes y bufanda morada.

¿Cómo dejar de lado el Aztecazo del sábado 16 de junio del 2001, en donde el Pelícano marcó el gol con el que Costa Rica derrotó al seleccionado mexicano 2-1 en el Estadio Azteca?

El Tri anotó al minuto 6 del encuentro. Nuestra selección empató al 71 gracias a un tiro libre cobrado por Rolando Fonseca, y Medford colocó la cereza sobre el pastel al 86.

Cierto, me refiero a una persona de sangre caliente, dada al berrinche y el reclamo, de carácter fuerte, en ocasiones pesada, insolente, incontenible, malcriada, insoportable, irrespetuosa, impertinente; un “cae mal”, como decimos los ticos.

Pero se trata, asimismo, de un ser humano luchador, sacrificado, osado, exitoso, triunfador.

Sí, la vida de Hernán Medford es como la de cualquiera de nosotros: un juego de luces y sombras.