Roberto García H.. 1 febrero

Un rocío de agua bendita salpicaba la piel caoba de tu ataúd en la iglesia del Tepeyac donde, como la sangre a la herida, acudimos a decirte adiós. El lunes, en ese pequeño templo de El Carmen de Guadalupe, operó el ritual del ser querido que al fijar su rumbo a la eternidad, es él quien convoca. Por esa razón, los abrazos entrañables se repetían entre las personas que teníamos años de no vernos, mientras tus viejos amigos de La Nación y de otros medios musitaban con respeto esas palabras que, en ocasiones así, afloran espontánea y sinceramente desde los reductos insospechados del alma.

Por la mañana, en tránsito al mediodía, conforme íbamos llegando desfilábamos ordenadamente para abrazar a tu amada esposa Kattia, a Sarita, a Gabriel y a David, herederos de tu ejemplo y de la estirpe que recibiste de tu madre, también presente con tus hermanos y familiares en aquella capilla ardiente de contención y estoicismo.

En el lugar destacó la nutrida asistencia de la nueva generación de periodistas que contribuiste a forjar en nuestra sala de redacción, donde implementaste y consolidaste tu carrera de reportero, periodista pensante, editor crítico y curtido desde la época de las máquinas de escribir, las cuartillas y el linotipo, hasta el registro de la actualidad en tiempo real que permiten las herramientas prodigiosas de la tecnología. Al decirte adiós, nosotros sentimos que el mejor tributo que podemos ofrecerte, es la continuación de nuestro derrotero.

Un rocío de agua bendita salpicaba la piel caoba de tu ataúd y las mejillas de los asistentes a la salida del Tepeyac, reunidos en torno al sacerdote que ofrecía el acto sagrado de despedir a quien ha cumplido su misión en la Tierra. Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén... La bella voz de una joven intérprete se entremezclaba con las lágrimas, el afecto, la nostalgia y el gran poder de las oraciones que, por definición, al vibrar colectivamente suben, suben y suben hacia el infinito. De esta manera, te dijimos hasta siempre, Eliseo Quesada Campos, amigo, colega y compañero leal; con la fe cristiana y la esperanza de que nos volveremos a encontrar.