Roberto García H.. 14 septiembre

La pelea está pactada; las partes, debidamente notificadas. En el Tribunal Penal del Primer Circuito de San José se instalará el cuadrilátero, y será en marzo del 2020 cuando los contendientes se verán las caras. Ambos bandos se disponen a dirimir un pleito que data del 2014, a raíz de los extemporáneos petardos emitidos, al aire y al desgaire, por uno de los actores en un programa radiofónico, el 31 de octubre del 2018; o sea, repercusiones de una vieja disputa.

En una esquina estarán Celso Borges, Keylor Navas y Bryan Ruiz con sus testigos estrellas, encabezados por Rodolfo Villalobos, presidente de la Fedefútbol. En la otra esquina, vamos a mirar al doctor Adrián Gutiérrez, exdirector de selecciones nacionales, con sus connotados testigos, Eduardo Li y Jorge Luis Pinto, nada más y nada menos. Como se puede apreciar, una llamativa cartelera será foco de atención nacional e internacional. Una de las partes saldrá victoriosa o, quizás, se producirá un empate, resultados que no podemos anticipar. De lo que sí estamos en capacidad de afirmar, con antelación y absoluta certeza, es que el gran perdedor será el fútbol.

De identidad y emblema del pequeño país que sorprendió al mundo en Brasil 2014, nuestro deporte más popular derivará en un “palo e’piso” y, además, inútil, por la sencilla razón de que el daño ya está hecho y que, por más que el proceso legal determine quiénes ganaron y quiénes perdieron, la verdad jamás saldrá a la luz. En consecuencia, estamos a las puertas de un fiero combate, pero sin sentido, que debió evitarse en las instancias de conciliación y, por qué no, tras varios cafés que bien pudieron haber compartido, con el ánimo de pacificar y solucionar las diferencias.

Lamentablemente, en esta añeja maraña han primado los egos sobre el sentido común y, como si no estuviéramos apenas recuperándonos del sainete del último aventurero en el fútbol nacional, las expectativas de lo que será la gran pelea del 2020 no arrojarán más que frustración e impotencia, estados de ánimo que los ticos solíamos retratar con una expresión coloquial que, a raíz de los últimos acontecimientos, admite la variación de un mismo tema: ¡No se va a aburrir uno!