Roberto García H.. 16 noviembre, 2019

Dicen que Bernardino Chaves se encerraba en una habitación con una manada de gatos e intentaba atraparlos lanzándose de pared a pared, por arriba, por abajo y a los revolcones. Así se fogueaba como guardameta. Por eso era fantástico en Limón, estelarísimo en Alajuelense y oficiaba de Batman con el Cartaginés. En Argentina, Hugo Orlando Gatti salía de su meta y surcaba el medio campo con el balón dominado, desafiando la lógica y los principios del fútbol que el loco interpretaba a su manera. Ambos, Nino y Gatti fueron correligionarios de primer orden en la estirpe de los gendarmes solitarios, esos tipos del arco que suelen convertirse en héroes y ángeles; en villanos o fantasmas.

Me sirvo de la leyenda del Nino costarricense y de la evocación del ícono argentino a raíz de que en mi columna de la semana pasada enumeré a ocho guardametas históricos del Deportivo Saprissa. El texto provocó decenas de comentarios, unos amables y respetuosos; otros ácidos y ofensivos. Todos con el denominador común del señalamiento por la omisión de excelentes guardavallas como Didier Gutiérrez, Emilio Sagot, Bismark Duarte, Gabelo Conejo y otros, pese a que había advertido que, en la ocasión de marras, me refería únicamente a guardametas de extracción morada.

De lo anterior se infiere que no me supe explicar y eso provocó el aluvión de quejas que agradecí de corazón, porque esta columna sabatina nos pertenece por igual. Este espacio de privilegio en el mejor periódico de Centroamérica aspira a transmitir inquietudes, sensaciones y valores en torno a la pasión que nos identifica en las páginas de diarios y revistas, en los libros, en la radio, en la televisión y en los estadios, donde la cofradía del fervor rinde culto al vuelo soberano de la pelota.

Dicen que cuando Nino Chaves entrenaba, ningún gato del barrio podía sacar el día libre. Muchos aseguran que si el orotinense Didier perdía su boina, quedaba a expensas de la kryptonita. Otros recuerdan nítidamente al felino Alejandro González tapándolo todo en un mediodía memorable de Alajuelense ante el poderoso River Plate, en 1987. Y del prodigioso Conejo en Italia 90, ¿qué me dicen? Oda a nuestros locos del arco en todos los tiempos, orfebres de historias y leyendas, de mitos, de fantasía y controversia.