Roberto García H.. 9 marzo

Se juega en fiestas de familia. Comienza una pieza musical. Los participantes se levantan de sus sillas colocadas en círculo y todos bailan alrededor. De súbito, la pieza se interrumpe, los bailarines ocupan sus lugares y uno se queda sin puesto. Se van eliminando las sillas, hasta que el último ocupante es el ganador.

Este juego tradicional me hace recordar la decapitación paulatina de los directores técnicos en los equipos de fútbol en la Primera División. Apenas arranca el campeonato, la expectativa del rendimiento en las canchas, la aparición de nuevas figuras, el protagonismo de los consagrados y el disfrute del espectáculo, se desvían de manera enfermiza a las discusiones acerca de cuál será el timonel que caerá primero. Miren ustedes, apenas se han jugado 13 fechas y seis de los 12 clubes han cambiado de entrenador. Eso, sin reparar en sainetes como el de Carmelita. Quitaron a Luis José Herra y nombraron a Guilherme Farinha, el portugués renunció sin debutar y regresaron a Herra. ¡Plop!, se va uno de espaldas, como Condorito. Ahora nombraron a Fernando Palomeque.

Saprissa, Alajuelense, Herediano, Limón, Grecia y Carmelita han cambiado de director técnico en este torneo, un reflejo de inconsistencia, impaciencia, intolerancia y afán de buscar chivos expiatorios, salvo excepciones; léase Pérez Zeledón y Santos, donde han apostado a verdaderos procesos y mantienen a José Giacone y a Johnny Chaves, respectivamente. Entre tanto, por ahí andan los señores del centenario sufriendo por la soga que les aprieta, después de que ellos mismos se la colocaron al cuello. Así como quitaron a Luis Diego Arnáez y trajeron a Hernán Torres, como si fuera un mago, ojalá lo mantengan hasta el final del Clausura.

Pero los causantes de la inestabilidad al lomo del toro mecánico no son únicamente los dirigentes. También los estrategas se auto ejecutan, a veces porque hablan de más, o porque se sientan en conferencias de prensa a regañar y a culpar a los reporteros, presuntos causantes de sus desvelos.

Es cuestión de cultura deportiva. Cuando aprendamos a respetar los planes diseñados en los escritorios, con la intención de aplicarlos en la cancha, crecerá la esencia del espectáculo y volverán los análisis y las sanas discusiones en torno a la fiesta del balón.