Danilo Jiménez. Hace 2 días

Es un juego sin pelota, contra el tiempo, intenso, dramático, de ida y vuelta, que requiere de él esa dosis extra de voluntad como cuando iba por la pelota y la ganaba limpia.

El destino le hace una mueca a Erick Marín Calderón por tercera vez y, en este pasaje crucial, el fútbol le tiende una mano grande y generosa para recordarle que no está solo.

Ahora que el cáncer amenaza su vida de nuevo emergió el valor más hermoso de esta disciplina, la solidaridad, para acudir como rueda de auxilio en apoyo del hombre.

Peregrinar por 10 clubes, aquí y en el exterior, le dejó a Marín una cadena de amigos que se activó ahora con eslabones que van y vienen, preguntando, ayudando, moviéndose por él…

Comenzó como un esfuerzo individual que repercutió luego en todo el colectivo del fútbol, hasta desembocar en el clásico sin color, anunciado esta semana por Saprissa y Alajuelense.

Cuando Juan Carlos Rojas y Fernando Ocampo formalizaron el martes ese partido el próximo 7 de julio en el Nacional, quedó patentado que aún priva la nobleza en su estado más puro.

Hombre de códigos, Erick llevó en secreto su primer cara a cara con el cáncer, según ha contado, porque quería seguir activo y dar continuidad a su sueño futbolero con absoluta legitimidad.

Esta vez no lo ocultó y supimos de su caso al enterarnos de que Jafet Soto, sin hacer alardes, lo enlistó en la planilla florense para que gozara de la atención que merece en la CCSS.

Lo de Marín puede servir de espejo para el resto de futbolistas, pues duele pensar que encare este proceso con una economía y patrimonio limitados, porque está en juego la vida.

Lo ideal sería que un hombre dedicado al fútbol edifique una carrera paralela, que le permita afrontar situaciones críticas como esta, o al menos, mantener al día con las cotizaciones para asegurar la asistencia médica.

Lo justo ahora sería que Erick tenga paz, que se entregue al cuidado médico, que sortee esas quimios, una suerte de amiga redentora que puede curarte aunque te facture con crisis que solo los pacientes de cáncer conocen.

Un reconocimiento a la gente del fútbol, a los que no desampararon al hombre en esta hora decisiva, a la familia que siempre está ahí, a su hermano Miguel, a su compañera, a los que dijeron presente.

Erick nunca se guardó nada, jugando atrás o en el medio, con su zurdita prometedora, cortando un avance rival, llevando la pelota pegada al pie, largando un pase, dándola correcta siempre.

Una vez lo traicionó el instinto y tuvo el coraje para enmendar. Ahora juega sin pelota, un partido de ida y vuelta, con la vida como premio. Hay que saltar a esta cancha y jugar con él.