Roberto García H.. 22 febrero

No hay límite para la imaginación. El método que aplica Hernán Torres, estratega de Alajuelense, para conseguir la coordinación en línea entre sus defensores, entraña una experiencia que nos remite a la niñez, cuando la pasábamos la mar de bien con un mecate de cabuya que servía para jugar suiza. Dos lo hacían volar y el otro tenía que brincar con la cadencia y coordinación necesarias, para no cortar el roce de la cuerda contra el piso ni la frecuencia de los saltos. Se aumentaba gradualmente la rapidez y el saltarín se las veía a palitos para sortear el mecate a velocidad de chilillo.

También jalábamos el mecate, unos de un lado y otros del otro, para ver cuál bando triunfaba a base de fuerza y maña. Además, nos gustaba lazar al estilo del viejo Oeste. A un amigo de infancia se le ocurrió enlazar a un camión que pasaba. La soga engarzó uno de los parales del cajón y, en vez de soltar el mecate, el sorompo fue arrastrado por el camión un buen trecho sobre el pavimento.

Lúdica y futbolísticamente hablando, la dinámica del mecate es interesante. Obliga a los defensores a regular sus movimientos y, al mecanizar la coordinación, dejan fuera de juego a los delanteros rivales, por ejemplo. El mecate materializa ese hilo invisible que prima en las pequeñas sociedades del fútbol, jugadas en la que sin hablarse o ni siquiera mirarse, dos o tres figuras se entienden a la perfección.

En lo que se refiere a la disciplina, parece que el timonel cafetero mantiene a mecate corto a sus dirigidos, de manera que no se le solivianten. Con un solo jaloncito, Torres les da a entender que no aguanta ni medio y que está dispuesto a liquidar a los cabecillas de camerino, si osan contaminar al plantel.

Tengo la presunción –y la esperanza- de que el regreso de Hernán Torres a la dirección técnica eriza es muy beneficioso. La entidad centenaria necesita el aporte de profesionales como él, cuyo rigor ético contribuye con la formación integral de sus dirigidos. En realidad, no debieron despedirlo la primera vez. A lo sumo, en aquella oportunidad, Torres requería que le marcaran la cancha y moderara su temperamento explosivo, pero jamás deshacerse de sus servicios. Ojalá que ahora sí alcance el éxito. Por él. Por la Liga. Por el fútbol.