Amado Hidalgo. 23 octubre, 2018

Al arbitraje tico apenas le alcanza para ir al bar. Ya lo vimos en una escena donde varios de los miembros de la comisión departían, con una “chela” en medio. Pensar en el VAR es un sueño.

Al menos en el sistema de cámaras que asiste al juez central. Lo malo para él es que sí hay un VAR, que no le puede hablar al oído, soplarle, ni invitarlo a revisar las jugadas. Solo sirve para condenarlo y gritarle en el gran oído de las redes sociales, donde cada actuación suya se convierte en un linchamiento público.

El estriptis arbitral no empieza en un recinto dentro del estadio, con colegas que revisan sus decisiones para ayudarle a mantener el decoro de su faena. Se inicia en cada pantalla de las miles que, en los bares con “b”, en las casas y restaurantes, desmenuzan a punta de repeticiones cada fallo del silbatero.

El analista arbitral, desde la comodidad de su butaca, se encarga de desnudar al cuarteto de jueces. Después de mil repeticiones, resulta que el línea no vio el fuera de juego evidente, el central se tragó un penalote y el cuarto árbitro hizo “mutis” ante los insultos propalados desde la banca.

Ese VAR, de mil ojos enrojecidos de la ira, no puede enmendarles la plana a los jueces. Impotente, entonces, estalla en las redes sociales y, a menudo, en los pasillos de los estadios, donde dirigentes perjudicados buscan a los silbateros para descargar el enojo, o a los periodistas para sentenciar una nueva declaratoria de “non grato”.

Con ese ojote indiscreto es más fácil verificar tendencias, que antes eran solo sospechas, porque la ausencia de la tele jugaba a favor de las decisiones arbitrales. Como que los jueces le tienen miedo a algunos escenarios, posiblemente por la fiereza de la mascota que habita en cada estadio: Pavor hacia el monstruo, miedo al León y apenas respeto al Tigre.

¿La tromba, el manigordo, los toros y demás bichos? ¡No asustan a ninguno! Al final no sabe uno si en realidad es miedo al escenario, por lo majestuoso o el número de aficionados en él, o si es que el inconsciente del árbitro no ha podido quitarse la camiseta que el papá le ponía de carajillo.

Corrupción no es. De eso estoy seguro. Incapacidad, puede ser. Lo extraño es que cuando pitan relajados, en escenarios humildes y a contrincantes sin tantos pergaminos, los errores tienden a disminuir.

Si es miedo, o amor inconsciente hacia alguna divisa, bien falta que hace un buen psicólogo. Para que les arranque los recueros de infancia o les inyecte una dosis hormonal. O a lo mejor es una cuestión de oculista: Algunos pueden ser daltónicos, o se les metió un monstruo, un león o un tigre en el ojo y nadie se los ha podido sacar.