Jacques Sagot. 27 agosto

En esta columna he tenido zipizapes con Jeaustin Campos, Hernán Medford, Benito Floro, Jafet Soto y Jonathan McDonald. Pero amigos, ¿no se dan ustedes cuenta de que esto es también parte del juego, uno de los más pimentosos condimentos de la cultura del fútbol? ¿Para qué jugar fútbol si no es para que a uno lo critiquen, lo vacilen, lo denuesten un día, y lo glorifiquen al siguiente? ¿No se dan ustedes cuenta de que esta volatilidad, esta pendularidad que hace del mismo personaje un día héroe y al siguiente villano, es inherente al fútbol?

Desde la óptica de los lectores, las columnas más leídas y discutidas son -por muchísimo- aquellas en que me peleo con alguien. ¿Qué les dice eso a ustedes, lectores, fútbol consumptors, atizadores a su manera de los pequeños fuegos que he encendido aquí o allá? También les he dado el gusto de que me insulten, aun cuando lo hagan cometiendo cinco faltas de ortografía en palabras de cuatro letras. Admítanlo: en esto todos nos hemos divertido lanzando nuestros inocuos o devastadores proyectiles verbales. De nuevo: hemos de comprender que este deporte, en nuestro país, vive de querellas, disonancias, rivalidades que la prensa misma encanfina.

Hay que jugar el juego. Si yo escribo una columna titulada: “Las estructuras antropológicas del fútbol en la semiótica bélica de Occidente” captaré a diez lectores. Pero si escribo una que se llame “¡Decapiten a Medford!”, o “Centeno es un imbécil”, o quizás “McDonald es gay” (sobra decir que no creo en ninguna de las tres cosas), mi índice de lecturabilidad se disparará, seré “the talk of the town”, el “sabor de la semana” y figuraré entre los textos más leídos del periódico. Seamos lúdicos: el deporte es juego, no debe ser tomado con pomposa trascendencia. Divirtámonos, y oscilemos entre lo sublime y lo ridículo: todos estamos en este juego, y nadie se salva de ser un día Sócrates, y al día siguiente el burro de la clase.