Jacques Sagot.   11 noviembre

Una y otra vez prometen nuestros directivos no dejar ingresar a las barras bravas a los estadios, y una y otra vez incumplen su promesa. Ahí estuvieron los vándalos, los forajidos, los bárbaros de Atila rey de los Hunos durante el partido Saprissa - Olimpia en Tibás. De nada sirvió aislarlos en la gradería sur: estos psicópatas están tan llenos de agresividad y de odio, que hasta entre ellos se canibalizan, se fagocitan, ofreciendo al mundo un espectáculo subhumano.

Seguimos sin dimensionar el grado de peligro que estas hordas de rufianes acarrean. Son heraldos de la muerte, emisarios del crimen, de la locura colectiva. Brotan como esporas en las sociedades donde hay miseria extrema, fácil acceso a las drogas, el alcohol, las armas, y reina el desencanto, la frustración y la ira contra sus líderes políticos. En sus códigos gestuales, sus gritos guerreros, su grafiti, los criminólogos han encontrado los mismos mensajes cifrados de las maras que asolan El Salvador, Honduras y Guatemala. Existen lazos de consanguinidad, afinidades ideológicas, analogías alarmantes entre las agendas de destrucción y difusión del pánico de las maras y nuestras barras futboleras. Es falso que el Estadio Saprissa sea un reducto seguro para la familia. Ninguna familia querrá tener a su lado a semejantes sociópatas.

Recuerden la fecha fatídica: 24 de mayo de 1964, en el Estadio Nacional de Lima, se enfrentaban Argentina y Perú por un puesto en las Olimpíadas de Tokio. El equipo anfitrión marcó un gol que lo clasificaba al torneo a tres minutos del pitazo final. El árbitro lo anuló, y el público invadió la cancha: era una incoercible corriente de magma que todo lo arrasaba a su paso. Murieron asfixiadas 328 personas, con 500 heridos. Es la peor degollina de la historia del fútbol. Actuemos preventivamente, ante facto, no post facto: no esperemos a que la tragedia nos haya golpeado, para tomar las medidas que hubieran podido evitarla.