Antonio Alfaro. 10 marzo
Fernando Ocampo en el Diálogos de esta semana. El presidente manudo culpó a los imprevistos, reconoció algunos errores y no descartó que algo esté fallando en la Liga ante tanta lesión. Fotografía José Cordero
Fernando Ocampo en el Diálogos de esta semana. El presidente manudo culpó a los imprevistos, reconoció algunos errores y no descartó que algo esté fallando en la Liga ante tanta lesión. Fotografía José Cordero

No estaba furioso. No gritaba, por más que así lo creyeran varios compañeros en la redacción, escuchando desde lejos a Fernando Ocampo en plena entrevista. “¿Qué le preguntó que se enojó tanto?” —me consultaban unos y otros, para mi asombro—. “Casi estaba gritando” -añadían algunos.

Frente a frente, en cambio, tan solo había visto al presidente de la Liga, por demás ferviente aficionado rojinegro, en un intento de explicar, en un intento de entender o un intento por digerir, una cosa o la otra, según fuera el tema.

Algunas respuestas parecían una prueba de respiración, sin tregua, sin pausa, cerca del ahogo. Con el rostro enrojecido, en otras aguantaba las revelaciones que su puesto le impide publicar. ¿Enojado? Diría que no. ¿Incómodo? Cómo no iba a estarlo. Si acaso algún liguista se siente a gusto con los resultados de este torneo no es su presidente.

Las lesiones surgen como su primera explicación, aunque bien sabe que no alcanzan para justificar la campaña. Todos los equipos sufren lesiones —le recordé—. Y si la Liga las sufre como ninguno, algo podría andar mal en la preparación de los jugadores manudos.

Dice la teoría que detrás de las dolencias musculares suele haber sobrecarga de trabajo, inadecuada recuperación o falta de preparación.

Previo a la plaga de lesiones, la conformación del equipo ya mostraba débilidades que luego serían agravadas por la mala suerte. “Yo no he dicho mala suerte” —corrigió Ocampo—. De buena fortuna, al menos, no puede jactarse. Y, esta vez, necesitaba buena suerte para salir bien librado de algunos riesgos.

Alajuelense confió demasiado en el buen regreso (aún pendiente) de un jugador con meses de inactividad como José Andrés Salvatierra. Que un jugador con tanto tiempo fuera no logre ser el de antes de buenas a primeras, no es imposible de imaginar. Por la otra banda, descartó a un lateral de bajo costo, como Ariel Soto, que sin ser una estrella hoy estaría de titular indiscutible. De acuerdo: nadie podía adivinar las bajas simultáneas de Meneses y Villegas. Sin duda, las lesiones hicieron su parte, empezando justo en el sector que de antemano tenía el sello de “frágil”.

Las bandas quizás ilustran a la perfección las penurias de Alajuelense, equipo que padece por una mezcla de imprevistos, malas decisiones, infortunios y el bajo nivel de algunos jugadores clave.

No puede ir muy lejos un equipo sin laterales y con una defensa errática, cuyo mejor hombre no es defensa nato (José Miguel Cubero), reforzada por otro con la bendición de Jorge Luis Pinto, que al final no parece ningún fuera de serie (Henry Figueroa). De momento, al catracho solo su emergente función a un costado logra otorgarle el beneficio de la duda.

Todo empieza a tener sentido en el extraño caso rojinegro: no logró subsanar la debilidad defensiva y encima, lo que tenía —los goles— se marcharon con Jonathan McDonald, la desconocida mala definición de Róger Rojas y la lesión de Jonathan Moya. La Liga es como el chiste aquel del hombre que compró un circo y le crecieron los enanos.

Alajuelense puso dinero, empeño y fe en sus fichajes, pero uno no llegó a jugar un minuto y partió con sus guantes sin dar explicaciones a la afición (ni siquiera un “lo lamento”); otro parece no ser lo que de él se esperaba; el último, muestra corazón de león, pero la escasez de gol del equipo nos hace recordar que él tampoco es goleador.

Aunque mantiene posibilidades numéricas, a expensas de lograr seis triunfos y dos empates, con derecho a solo una derrota en sus nueve partidos restantes, el problema de la Liga no es matemático. No tiene el nivel. Pierde más jugadores de los que recupera. Y, posiblemente, no tiene el alma después su última derrota.

Con todo eso, a Fernando Ocampo no lo oí gritar; tan solo alzar la voz. Es la Liga la que grita.