Antonio Alfaro.   21 abril
Finalizado el juego ante Herediano y consumada la eliminación, algunos jugadores alajuelense se quedaron en el banquillo asimilando el momento. Foto: Rafael Pacheco

Al estilo de las mejores tramas de Dan Brown, quizás digna de su novela Ángeles y Demonios, hay quienes creían o imaginaban —ya no lo tengo muy claro— que estábamos ante una conspiración secreta, aunque evidente, para lograr a toda costa la clasificación liguista a semifinales.

—Ojalá suceda lo que le voy a decir para que vea que es cierto —me advirtió un dirigente carmelita justo antes del duelo entre la barriada y los rojinegros. De inmediato, me vaticinó algún error arbitral decisivo en favor de Alajuelense, una especie de temor deseado, un cara a cara con el mismísimo descenso con tal de comprobar la conspiración en favor de la Liga.

Una hora después, no sé si molesto o satisfecho, pasó a mi lado con un “¡se lo dije!”.

Sus palabras parecían gozarse del pronóstico cumplido, pero sus ojos seguían viendo con enojo la clara falta de penal no señalada en los instantes finales del juego. Si en vivo me costó verla —nada extraño en quien no visita al oculista desde hace rato pese a necesitarlo—, la televisión enmendó la miopía: debieron definirse desde el manchón blanco la posible victoria carmela y la anticipada eliminación manuda.

La cadena de errores arbitrales sumaba otro a favor de la Liga, después de los goles en posición prohibida ante Cartaginés —uno en el Fello Meza y otro en el Morera Soto— y el tanto mal anulado a Grecia en Alajuela, como si estuviéramos ante la última e irrefutable evidencia dejada por la cofradía rojinegra.

Me niego a creerla.

Si el árbitro de aquel partido estuviera alineado con “la conspiración”, habría necesitado nervios de acero y un gusto casi sicópata por el riesgo: dejó para el último minuto el encargo a favor los manudos.

En el resto del juego, lejos de favorecerlos, les había pitado un penal en contra, por uno de esos agarronazos en tiros de esquina muchas veces pasados por alto. Y les había anulado un gol a favor, por una posición prohibida de las que cuesta estar totalmente seguro sin repetición. Acertado en ambas decisiones, no parecía cómplice de ningún favorecimiento.

¿Y el penal de último minuto sin sancionar? Hay errores arbitrales; sin duda. ¿Y conspiraciones? No inventen.

No se necesita del acusioso y bien instruido “Robert”, personaje interpretado por Tom Hanks en El Código Da Vinci, para descubrir algunos beneficios de contar con los equipos grandes en semifinales: mejores taquillas, más dinero a repartir entre los equipos, más gente viendo los partidos por televisión, más publicidad, más periódicos vendidos... una cosa y la otra, aunque todas insuficientes para sospechar que a instancias finales no llegan los equipos merecedores sino los convenientes.

San Carlos y Pérez Zeledón, ejemplos vivos, con argumentos de sobra para dejar sin espacio a la Liga y tener aún en vilo a Herediano, hacen ver las “conspiraciones” como débiles movimientos.

Quizás todo lo explican los antagonismos entre las fuerzas ocultas, unas exigiendo a los árbitros ignorar penales y otras esculcando entre los reglamentos para sancionar el Morera Soto justo ante de un partido clave.

¡Claro! ¡¿Cómo no lo vi antes?! Tan minuciosos como astutos, los planes en favor de Alajuelense sacaron al equipo de su sede, en la que solo sumaba dos triunfos en nueve presentaciones.

Entonces, ¿qué pudo haber fallado con la finalmente sellada eliminación manuda? ¿No será simplemente producto de los yerros liguistas, su plantilla débil por las bandas, los ajustes en el banquillo a medio camino y una plaga de lesiones que difícilmente corresponde solo a la mala suerte sin errores en la preparación?

¿No será -también simplemente- que el posible descenso carmelita tiene detrás más que un penal no sancionado? ¿Digamos, por ejemplo, haberse desprendido de sus tres mejores jugadores y quitado a la dupla técnica que los había hecho ganar y gustar?

Quizás las conspiraciones, solo alcanzan para incentivar la imaginación, ver el Código Da Vinci y echar las culpas de los errores propios a fuerzas indominables.