Roberto García H.. 23 noviembre, 2019

La espinita de Hernán Medford, hundida a profundidad, le impidió cumplir su anunciado propósito de mandar al muñeco a freír churros y llevar al Cartaginés al ansiado cuarto título en su más que centenaria historia. El Pelícano tendrá que trabajar muchísimo para extraer esa incómoda daga de su estirpe indómita. Igual que sus antecesores, desde su nombramiento, relativamente reciente, el avezado timonel ha probado el dolor de una legión azul emparentada con un drama de vieja data. Sabrá Dios por qué los referentes del pasado y las figuras actuales reeditan, una y otra vez, las ilusiones que se disipan justo cuando están a punto de materializarlas, y dan paso a una muerte anunciada que nadie se explica ni ha podido conjurar.

Cuán lejos estaba mi nuera, Betsy Suárez, de sospechar que su recurso de entretener a mi nieto Alexander con el fútbol por televisión, mientras ella se apañaba con los quehaceres del hogar, inyectaría en su hijo el germen de la casta azul. Aferrado a la baranda de la cuna, el bebé protestaba si ella le pasaba al frente con el palo ‘e piso y le obstruía la visión del equipo que seguía fascinado. Hoy, a punto de cumplir once años, no hay quien lo cure de esa pasión, ni siquiera el bullying de los carajillos de su edad ni el choteo de los mamulones.

Alex no cede un ápice. El miércoles, cuando Cartaginés ganaba con comodidad 2 a 0 a Limón y todo pintaba color de rosa para las huestes de la Vieja Metrópoli, el chiquillo estaba tan feliz que me hizo prometerle que lo llevaría este domingo al estadio Fello Meza a vivir juntos el primer mano a mano de lo que sería la semifinal brumosa contra Alajuelense. Pero, nada.

Así como con mi nieto, me ocurre con otros grandes afectos. Por ejemplo, en cada cierre de campeonato, si Cartaginés se insinúa entre los favoritos a semifinales y por ende al cetro, mis antiguos compañeros del Centro de Cine: Víctor Ramírez, Laura Molina, William Miranda, Ingo Niehaus y el suscrito, recolectamos una platilla para organizarle a nuestro común amigo Carlos Freer su tan postergada felicidad por el máximo galardón, y al final acabamos gastando los chuminos en otros menesteres. Ya es mucho, ¿verdad? Dale, Pelícano, a ver si se nos hace. En la próxima, digo yo.