Roberto García H.. 2 marzo

La intimidad de un vestuario en el intermedio de un partido de fútbol entraña un verdadero misterio ¿Qué ocurre ahí dentro, en cuestión de 15 minutos? ¿Cómo hace un estratega para mantener el ímpetu de sus pupilos, si el marcador parcial responde a sus intereses? O, por el contrario, ¿de qué elementos motivacionales y estratégicos se vale el timonel que va perdiendo, para reorientar el rumbo?

Planteo la disyuntiva a raíz de dos caras diametralmente opuestas que presentaron Cartaginés y Alajuelense, el miércoles en el estadio Fello Meza. Cuando terminó el primer tiempo, los locales jugaban mejor y ganaban 2 a 0. Mantener el ritmo y apuntalar el sistema parecía suficiente para asegurar la victoria. Sin embargo, en el segundo periodo, la historia fue otra. Los brumosos cedieron dramáticamente y los leones desempolvaron la vocación felina que les valió para empatar, remontar las cifras y triunfar 4 a 2, convincentemente.

Ahora bien, que yo sepa, Hernán Torres, técnico erizo, no es un genio para solventar en un cuarto de hora las falencias que presentaba su elenco. Tampoco al timonel Martín Arriola le dio por girar instrucciones contradictorias a sus dirigidos, en esos minutos. Sin embargo, el panorama cambió de forma radical en el segundo lapso. Torres consiguió reordenar sus piezas. En contraste, a Arriola no le quedó más que observar, estupefacto, el desplome de su ajedrez. Es evidente, en la cancha (y no “en cancha”, como dicen ahora), Torres le ganó la partida a Arriola. Más claro no canta un gallo.

El quid del asunto radica en dos sentidos. Primero, puerta dentro de cada vestuario, justamente por los códigos bajo llave de camerino. Pero, resulta que también surgen enigmas en ambientes de luz mortecina entre pasillos y reductos interiores. No creo en las leyendas de muñecos y fantasmas del Cantarrana. No obstante, en la muy noble y leal ciudad de Cartago se habla de visitas y aparecidos en el cubículo de los árbitros. Vamos, el errático arbitraje de Henry Bejarano, con evidente perjuicio para Cartaginés obedeció, únicamente, a la impericia. Sin embargo, lo que ocurre entretelones durante el intermedio de un espectáculo, en cualquier escenario, por lo general constituye un insondable misterio. Como el otro lado de la Luna.