Jacques Sagot. 16 diciembre, 2019

Es un desdén del que todos hemos sido cómplices: aficionados, periodistas, locutores, directivos… No le hemos dado el merecido seguimiento a nuestro fútbol femenino, y al del mundo en general. La FIFA ha organizado desde 1991 ocho campeonatos mundiales. Los Estados Unidos han establecido una sólida hegemonía, con 4 cetros, le sigue Alemania con 2, luego Noruega y Japón, ambos con 1. Han participado un total de 36 equipos. Latinoamérica hundida en su endémico subdesarrollo: el país que menos mal papel ha hecho es Brasil, con un subcampeonato y un tercer lugar. La Verdeamarela ocupa el sexto puesto de la tabla. El último pertenece a Ecuador. ¿Y Costa Rica? El lugar 29: solo hay 7 equipos peores que nosotros.

En nuestras tropicales y húmedas latitudes, el machismo aberrante crece como el liquen y las parásitas sobre los troncos de la selva nubosa. Si incorporamos a las mujeres al fútbol, es en calidad de “rumberitas”, esto es, un “valor agregado” de naturaleza puramente sexual al deporte monopolizado por los machos. Y no nos han faltado estrellas: la veterana mediocampista Shirley Cruz fue ídolo del París Saint Germain, y la talentosa volante Gloriana Villalobos es un diamante en el equipo Saprissa.

La mujer futbolista tiene más autodisciplina que el hombre, controla mejor sus emociones, no es tan llorona, quejumbrosa, carente de dignidad, biliosa y pendenciera como los varones. No reclama cada fallo arbitral, es más altiva, estoica y serena. Pero nosotros no somos capaces de ver en la mujer a la excelsa atleta. Solo tenemos ojos para la rumberita: fémina cosificada, fetichizada, degradada… Somos una tribu de primates en celo, orangutanes que ejecutan sus danzas rituales de apareamiento, y no son capaces de visualizar otra cosa que la cópula apremiante. Pobrecitas nuestras mujeres… ¡cuántos siglos les falta aún, en este cruel y castrante Macondo, para ser respetadas como grandes deportistas!