Jacques Sagot. Hace 3 días

Fue uno de los más vibrantes partidos que he visto en la Copa de Campeones de Europa. Fútbol romántico: el que amo. El adjetivo pareciese inapropiado para calificar un choque balompédico. Pero el hecho es que hay romanticismo en el fútbol. Cuando se juega con pasión, asumiendo riesgos, audazmente, prodigando espectáculo, deleitándose en los lujos que solo posibilita la técnica sobrada, tratando el balón con esmero, amor, pulcritud, y sobre todo, dejando que el espíritu épico de los grandes guerreros barra del campo la profilaxis, la mezquindad estratégica, el juego amarretes. Cuando Cyrano de Bergerac desplaza a Ebenezer Scrooge de la cancha, entonces puede hablarse de romanticismo en el fútbol. “¡Qué locura, Cyrano!” —le gritaban sus cofrades, al verlo enfrentar a cinco espadachines—. Y él respondía: “¡Sí, pero qué gesto!”

Me refiero a la titánica colisión del Real Madrid contra el París Saint-Germain. Monumental actuación de Keylor, dueño absoluto del área, desviando obuses de media distancia de Kroos y aviesas dagas de Benzema. Diez paradas, auténticos poemas al fútbol. Evoco a Lev Yashin: “Volar de paral a paral, suspendido horizontal en el aire, para detener una pelota, es lo más cerca que se puede estar de la sensación de Yuri Gagarin flotando en el espacio”. Florentino Pérez tuvo que ver a su protegido Courtois dejar escapar un balón bajo su cuerpo, en un centro rasante desde la derecha, gazapo que permitió el gol de Mbappé. En el gol de Sarabia, Courtois no pudo siquiera hacerle al balón una reverencia y decirle: “Su Majestad, pase adelante”.

Colosal partido. Uno de esos choques que todos deberíamos ver vestidos de frac y chistera. Y una bofetada a Pérez: restregarle en la cara la magnificencia del gladiador que nunca quiso, y la irregularidad, la demasiado frecuente falibilidad de su “chico maravilla”. Es lo que se conoce como “justicia poética”. El sol de la excelencia no se tapa con un dedo.