Amado Hidalgo. 1 mayo

En la selva de la oferta y la demanda futbolera, el tigre, el león y el monstruo siempre andan sueltos y de cacería. Si no pueden por las buenas, se devoran a los equipos pequeños, arrebatando con sus fauces afiladas a los cachorros prometedores.

Cazan por necesidad, asociada a su incompetencia para hacer crecer a sus propios críos. Aunque, pagando peaje de los padres, desfilan por sus junglas muchos retoños en busca de un lugar entre la manada, al final la mayoría son expulsados del Edén.

Es más fácil imponer la ley del más fuerte. La del poderoso. La del más “vivo”. Sus líderes cazadores descienden hasta las llanuras, tiran la carnada a los cachorros de mejor ver y luego los compran o los arrebatan para hacerlos ascender “al reino prometido”.

Es la ley de la selva. Lo malo es que ese instinto depredador a veces no solo trunca los sueños de gloria del cachorro, sino que despeña el destino de la manada “saqueada”, u obligada a ceder sus retoños para sobrevivir en medio de tantas carencias.

Así, Carmelita acaba de cumplir su ciclo en ese bosque de cazadores furtivos. Mordió el anzuelo y se desprendió de las mejores fichas en tiempo de bonanza y lluvias placenteras. Pero cuando cayó el verano, con su desértico atardecer, no tuvo piernas ni garras fuertes para defenderse de los ataques, en pos del apetecido territorio.

Grecia, por su parte, año con año entrega su cosecha selecta. Robustece contendientes y debilita sus huestes. A veces por dinero, que necesita, pero a menudo porque no tiene cómo retenerlos. Reinicia su ciclo, una y otra vez, hasta que —seguramente— le alcance la fatalidad del destino y pierda su condición de privilegio.

Santos, Limón, Pérez Zeledón. Casi ningún equipo se salva de esta vorágine. Algunos cachorros se petrifican en las bancas, pocos despuntan, y alguno se convierte en legionario prematuro, lanzado al primer mundo del futbol sin las armas de una buena formación, apenas con piedras en los bolsillos. En un regreso, con el rabo entre las piernas, suele terminar la aventura.

Es fácil ufanarse de ser el rey de la selva y jugar al Tarzán del futbol, cuando el saqueo impide a los rivales crecer naturalmente y algún día ser competidores de verdad. Las distancias futbolísticas crecen, con los cachorros atraídos por la carnada de los encantadores.

Tal vez no sería tan malo si esos bisoños se comieran el Mundo desde sus nuevas moradas. Pero mañana vendrán los Tigres, las Águilas o los Pumas del norte y, en un abrir y cerrar de ojos, tanto cachorros como veteranos locales serán desnudados y puestos a la intemperie, dejando al descubierto que apenas si alcanzamos a ser una pequeña aldea futbolera.