Amado Hidalgo. 18 julio

Si un profesional académico quiere una Maestría en el exterior pero no habla ni gota de inglés, pues que no vaya a Inglaterra, a menos que esté dispuesto a perder un año o más de su vida, y a pasar unos cuantos ridículos en clase.

Pero si es futbolista, con manejo básico del español y lo quieren mandar a Noruega, Suecia o Finlandia, mejor declárese enfermo y no salga de su casa. Porque no solo tendrá que luchar contra la barrera idiomática, sino con un frio mortal, la soledad que puede ser aún más congelante y un estilo de juego que no lo ha experimentado a menos que guste del playstation.

Súmele que el tico es un poco chineado, que extraña la almohada, el gallo pinto de la mamá, al grupo de amigos del barrio y que se va con los pañales de futbolista apenas colgados en el camerino. Entonces no es raro que pase lo que vemos a diario con nuestras estrellas juveniles caseras.

Se devuelvan pronto, sacando pecho porque maduraron en la cocina y aprendieron algo de la cultura extraña que los vio llegar un dia a una ciudad nueva, conocer su estadio y entrenar maldiciendo al futbol y con ganas de que termine el castigo pronto para irse a meter a las cobijas.

Tan pronto, que ni siquiera les da tiempo de echar cuerpo y al menos regresar con una mejor herramienta para hacer su tarea en casa. Con un billetito en la bolsa, eso sí, pero con el sueño roto de al menos estar un día frente a Messi, Ronaldo y esa legión de futbolistas que parecen jugar en otro deporte.

Es hora de que los representantes dejen de ver a los jóvenes jugadores como su tarjeta de crédito. O que los clubes quieran salir de deudas vendiendo un producto defectuoso, no por malo, sino por inacabado. Ni crecen los muchachos ni el futbol casero, que apenas ve a un chico metiendo un par de goles lo quiere exportar aunque sea a la Tierra del Nunca Jamás.

Sin la habilidad de un brasileño, el tesón de un uruguayo o la explosividad del africano, cualquier tico está destinado a morder el banquillo en Europa. A menos que sea un fenómeno, pero además se defienda con el idioma y tenga carácter para no extrañar a mamita.

Ojalá Manfred Ugalde sea otra historia y la segunda división belga lo gradúe de futbolista. He visto tantas veces el cuento, que me declaro escéptico. Pero en su valija viaja el deseo de todo un país de que a él no lo devolverán por defecto de fábrica.