Jacques Sagot. 25 marzo

El árbitro puede cometer cuatro tipos de errores. No todos ellos tienen el mismo peso ético.

Primero: de percepción. Es perfectamente comprensible y no debería indignar a nadie más de la cuenta, aun cuando, por decir lo menos, conviene en tales casos que el colegiado se compre lentes o se haga asesorar muy bien por sus asistentes en el terreno de juego. El sueño de la FIFA es que el VAR contribuya a minimizar este tipo de yerros. El árbitro no tiene, como aparato perceptor, más que sus dos ojos, y una cancha de fútbol mide 120 x 90 metros cuadrados. Aun cuando procure posicionarse siempre de manera óptima, hay jugadas ambiguas, engañosas, de muy difícil diagnóstico. Hemos de tener paciencia y misericordia con este tipo de errores.

Segundo: por ignorancia del reglamento. Es inaceptable. Vaya a estudiar su normativa, señor, y después hablamos. El árbitro debe tener perfectamente interiorizado el reglamento, y lo que es más importante, las múltiples variables que cada norma presupone.

Tercero: por endeblez psicológica. De nuevo, inadmisible, aunque comprensible, dado el grado de intimidación de que han sido objeto los árbitros por barras iracundas. La fragilidad psicológica de un árbitro lo llevaría a ceder a la presión de las graderías, y podría tomar decisiones bajo ese sentimiento eminentemente humano que llamamos “miedo”. No lo aplaudo, pero lo comprendo.

Cuarto: por deshonestidad. El árbitro corrupto, el sobornado, el que favorece ciertos intereses o castiga a quienes no gozan de su simpatía. Abominable. Ya en la tabla XII del derecho romano, se sancionaba con pena de muerte al árbitro que se dejaba sobornar (¡no, por supuesto, en el terreno del deporte, sino del derecho privado, penal, público y administrativo!) Era considerado inicuo o injusto (estaba contemplado dentro de las tabulae iniquae).

A propósito de errores arbitrales, menciono la célebre reflexión de Pierluigi Collina: “El árbitro debe aplicar siempre la “decimoctava” regla del fútbol: ¡usar el sentido común!” En efecto, incontables son los gazapos arbitrales que se podrían evitar con no más que movilizar esa preciosa facultad.

“Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”: “errar es de humanos, perseverar en el error es diabólico”.