Amado Hidalgo. 13 febrero

Aunque fue un gesto solidario, debe llamar a la vergüenza a todos los que organizan el futbol. En el país que se cree merecedor de un octavo lugar mundial, hay futbolistas que tienen que vivir de la caridad.

Sentí que a algunos jugadores del Herediano les dio pena la goleada. Aclararon que no tenía nada que ver las provisiones dejadas en el vestidor liberiano con la facilidad con que ganaron. Eso es cierto. Sin duda. Pero siempre debe aflorar la pena cuando se logra un triunfo contra colegas que viven de la limosna.

¿Y la Unafut? ¡Gracias! ¿Y la Fedefutbol? ¡ No me toca! ¿ Y la Comisión de Licencias? ¡No me han dicho! Lo paradójico es que algunos de esos futbolistas que le tendieron la mano a Liberia, hace unos años hacían una colecta por las calles heredianas para también comer.

Así queremos que la Selección arrodille a sus rivales del Primer Mundo, que nos instalemos de una vez y para siempre en la élite futbolera del planeta y que nuestros equipos locales acaben con la hegemonía mexicana en la Concachampions. ¡Qué ridículo!

No es Liberia el único. Porque Cartago anda parecido, entre deudas y dudas, amenazado por un déficit de ideas y financiero que pesa más que mil muñecos enterrados. Si Liberia se va a la segunda, como nada parece evitarlo, más por inanición que por falta de futbol, el siguiente en la lista es “Cartagito”, porque ya tiene todos los números comprados.

Un futbol donde pasan estas cosas no merece ni puede crecer. Porque es el reflejo de una dirigencia inepta, la del club por su incapacidad para gerenciar la empresa. Y la de los organizadores del torneo y su superior, la Federación, por permitir que haya equipos participando en esas condiciones, degradando la condición y naturaleza del mismo deporte.

En poco tiempo el futbol local se repartirá unos 9 millones de dólares. Montos importantes irán a ligas tomadas por vividores, que han encontrado una forma de viajar, de impresionar y hasta lucrar con el sudor de los jugadores. Creen que con unos uniformes regalados ya saldan su deuda con los muchachos que, dispuestos a todo por triunfar, dejan escuela y futuro hipotecados.

Liberia tiene un estadio que costó una fortuna para que el Mundial femenino sub 17 tuviera una vitrina decente. Ya sabemos que alguien se echó plata a la bolsa que era para el torneo y, posiblemente nunca sabremos cuánto más se perdió. Lo único cierto es que en ese escenario juegan muchachos que no cobran salarios y que viven de la caridad.

Así que más que verlo como un gesto que engrandece al futbol, lo de los diarios en el vestidor liberiano, es un testimonio de vergüenza para quienes han permitido que el hambre juegue a esos niveles.