Roberto García H.. 30 marzo

A veces uno se deja llevar por lo que oye y se equivoca. Digo esto para referirme a Luis Antonio Marín, técnico de San Carlos. A lo largo de ocho años se desempeñó como asistente en la Selección Nacional, extenso periodo en el que era vox populi que ni pinchaba ni cortaba, que era muy pasivo y que tanto Jorge Luis Pinto primero, como Óscar Ramírez después, requerían de un asistente dinámico y pellizcado. Eso y más se decía, con el agravante de que si uno se descuidaba, terminaba creyéndolo.

Sin embargo, en 18 fechas del torneo de la Primera, Marín ha dado muestras de su madera de estratega. Su equipo norteño está en los primeros lugares de la clasificación, casi asegurada, con posibilidades de cerrar con un buen sprint. Ojalá que no se malinterprete esta opinión en el sentido de “tirarlo para arriba”. Nuestro propósito es reconocer que un carácter reservado como el suyo, puede ser un plus en un medio donde abundan prestidigitadores del verbo, cuya elocuencia pocas veces se refleja “en cancha” (así, como dicen ahora, sabrá Dios por qué).

A Marín lo seguí en su trayectoria y reseñé para este periódico decenas de crónicas de su taconear con Carmelita, Alajuelense y la Selección Nacional. Es un hombre educado, claro y realista, una especie de soñador con los pies en la tierra. No quiero decir con esto que no le falte trecho en el difícil oficio de timonel. En realidad, está comenzando. No obstante, lleva un buen paso en su carrera y eso da gusto destacarlo.

Nos alegra por él y por los técnicos nacionales. En general se piensa que el fútbol necesita solo de estrategas extranjeros, como si las nuevas ideas no pudieran incubar en las mentes de los criollos. Hay que apoyar a nuestros entrenadores, instarlos, eso sí, a que se preparen con rigor y destierren la tradición de futbolistas que apenas cuelgan los botines, se colocan el buzo. Creo que una de las vías expeditas para forjar una verdadera identidad futbolística nacional, consiste en la preparación adecuada de jugadores que se convierten en técnicos, sin desdeñar a quienes optan por la profesión sin haber jugado ni chumicos. Recordemos que sobre la habilidad con la pelota, priman la vocación, el estudio y la responsabilidad ética de Quijotes al borde de la línea de cal.