Roberto García H..   17 agosto

Residuos de espuma y canela de tu capuchino se reflejaban en tus lentes, mientras colocabas sobre la mesa paquetitos de azúcar, en líneas de tres, de cuatro y de cinco, según el diseño de táctica y estrategia que me explicabas en el café que frecuentábamos, con tu vocación innata de forjador y maestro. Devotos de la amistad, el fútbol nos convirtió en cófrades. Vos al borde de la línea de cal; yo en la grada, cronista de libreta y trazo en los tiempos del periodismo del día siguiente.

Añoro y me hace falta observarte en el banquillo, destilando pasión por el oficio que encarnaste muy temprano en tu trayectoria. Una lesión descartó al futbolista y te convirtió en un Quijote de buzo, gorrita y pizarrón; formador de figuras, en la cancha y en la vida. Fuiste un soñador indoblegable, terco, cabreado, divertido y loco. Tu inmortal ojo de tigre gravita en la gramilla del Rosabal Cordero, cada vez que el Team certifica la grandeza del “ninguno pudo con él” y también en las jornadas tristes, porque amaste al Herediano siempre, en las buenas y en las malas. Entre tantas divisas que te tocó dirigir, la rojiamarilla fue la única que besaste y, a la postre, te sirvió de mortaja.

No alcanzaría el espacio en esta columna de opinión para enumerar tus laureles en Costa Rica y en el exterior. Un estudio del periodista y estadígrafo Gerardo Coto Cover, consigna que hiciste debutar a 108 jugadores en el fútbol mayor. Muchos de ellos siguen activos en el deporte y en otros quehaceres como personas de bien. Ascendiste a equipos a la Primera División en siete oportunidades, y en diciembre de 2010 estuviste a menos de un minuto de salir campeón con tu amado Club Sport Herediano. No ocurrió así y sufriste en el ostracismo, lamiendo en soledad tu sangrante y doliente herida, a lo largo de semanas enteras.

Naciste en Maldonado, Uruguay, el 11 de marzo de 1945, y hace cuatro años, el 22 de agosto del 2015, partiste a la eternidad. Suele decirse con insistencia que en la política se hacen amigos de mentiras, y enemigos de verdad. Vale más que, en el fútbol, los afectos son verdaderos. Porque amigos como vos, Orlando de León Catalurda, son para toda la vida... Y para toda la muerte.