Jacques Sagot. 11 agosto

Fue un buen partido. No un dechado de belleza balompédica, pero ciertamente un buen partido, jugado a tempo de allegro con fuoco. Saprissa reaccionó bravíamente después de la temprana bofetada de Cubero, producto de un error de Briceño: el clásico gazapo de la “lepidopterofilia”: salir a cazar mariposas cuando un centro aéreo llega al área. El último gran portero que Saprissa tuvo fue Keylor, y estamos hablando de 2010. Desde entonces no ha encontrado a nadie capaz de proteger la valla de manera convincente: un gravísimo déficit para cualquier equipo.

Vibrante primer tiempo, segundo tiempo desprolijo y desordenado: esto sucede cuando el medio campo se congestiona de contenciones, y tal fue la decisión táctica de la Liga. McDonald y Ureña inexistentes, Lassiter tenaz pero impreciso. Eché de menos a Marvin Angulo en los cobros de tiro libre posteriores a su sustitución. Saprissa ganó la eterna pugna por las pelotas divididas. Gol soberbio, majestuoso, de Leal. Potencia y colocación dignas de Rivelino. Arbitraje aceptable, con un par de yerros notorios, para no perder la costumbre. A la Liga le perdonaron una expulsión. Ese extraordinario portero —el travesaño y los parales— la preservó de un 3-1 que hubiera sido justo.

Más coherente y eficaz el planteamiento de Centeno, pero se equivoca si cree —como lo afirmó— que con esa “receta” va a ganar el campeonato: cada rival demanda una “receta” nueva. El campeón será el equipo más flexible y adaptativo tácticamente: es la ley de natura, que también rige al fútbol. No entendí la sustitución de Barrantes: su disparo de zurda siempre puede resolver un partido. Deploré la ausencia de Mariano Torres, “tiempista”, armador, pasador, señor del medio campo.

La Liga fue timorata, y pagó por ello. Para haber jugado como local, su desempeño fue grisáceo. Saprissa mejora, pero aún está lejos de mis expectativas. Es mi equipo, y no me daré por satisfecho con nada menos que la excelsitud.