Roberto García H.. 19 octubre

Controversial por definición, el arbitraje en el fútbol siempre está en la picota. El problema es que en nuestro medio el fenómeno ya pasó de castaño a oscuro. En el momento de identificar las causas del mal, aflora el punto neurálgico de la autoridad, concepto que hay que desgranar cuidadosamente.

Comencemos con la Fedefútbol. El limbo en el que esta entidad mantiene al arbitraje es la primera razón del desbarajuste, dada la opacidad contractual que regula sus actuaciones. En la Fedefútbol y en la Unafut argumentan que los árbitros solo prestan un servicio y no son empleados directos de dichos organismos. En consecuencia, no hay manera de que los señores del Proyecto Gol puedan ejercer la autoridad en condición de jefes de los hombres del silbato.

Sigamos con la Comisión de Arbitraje. Desprestigiada hasta decir basta, sus miembros no pegan una en los nombramientos, lo que ha dado pie para que, fecha tras fecha, los clubes objeten a Fulano, a Sutano o a Perencejo, exigencias que los conducen a caer en tragicomedias como las vueltas que dieron para designar al juez en el juego del miércoles entre Cartaginés y Saprissa.

Continuemos con el ejercicio arbitral. Nuestros árbitros no saben aplicar el reglamento. Conocen las reglas, pero, salvo poquísimas excepciones, carecen de personalidad, autoridad y, sobre todo, sentido común para interpretar situaciones de juego en torno a la posibilidad manifiesta de gol o la llamada ley de la ventaja, por ejemplo.

Para colmo, se dejan mangonear por los futbolistas. ¿Han visto cómo vociferan a medio metro de ellos e irrespetan su investidura? ¡Tarjetas, señores, tarjetas! Muchísimos jugadores son marrulleros, expertos en artimañas y triquiñuelas, actores de primer orden que se revuelcan, heridos de muerte, tras el menor rasguño. También hay malandrines que tienden trampas a sus colegas que se van de pollitos al escupir, pellizcar y morder.

El arbitraje tiene que profesionalizarse. Para lograrlo, la comisión actual debería renunciar, en pleno, a fin de que se elaboren verdaderos planes en vías de alcanzar esa profesionalización. Si seguimos así, la crisis de autoridad echará por la borda cualquier intención de salvaguardar este fútbol costarricense que, a pesar de todo, vale la pena.