Antonio Alfaro. 18 agosto
Andrés Carevic, técnico manudo, festeja ante Grecia, donde le dio vuelta al marcador con sus variantes. Foto: Rafael Pacheco
Andrés Carevic, técnico manudo, festeja ante Grecia, donde le dio vuelta al marcador con sus variantes. Foto: Rafael Pacheco

De los creadores del “no hay mal que por bien no venga”, la derrota en el clásico podría convertirse en lo mejor que pudo sucederle a una Liga hasta entonces invicta, predecible aunque dominante, cómoda en su 4-5-1, poco urgida de ajustes, parsimoniosa en los cambios.

Si Jafet Soto puso en evidencia la escasa velocidad de reacción de Alajuelense, el Paté Centeno terminó por dejar en evidencia la rígidez táctica manuda.

Andrés Carevic le debe “un gracias” a Wálter Centeno, a la derrota por 2 a 1 en el Morera Soto, a la crítica del aficionado rojinegro.

Quizás hay un “antes” y un “después” del clásico.

Antes del clásico, Carevic esperó al menos una hora en todos los juegos para mover su banquillo. Antes del clásico, el 66% de sus variantes fueron de las llamadas “hombre por hombre”, esas que incluyen piernas frescas sin modificar el esquema. Antes del clásico, un equipo que entonces contaba con cuatro atacantes —Jonathan McDonald, Jonathan Moya, Róger Rojas y Marco Ureña— se había limitado a jugar con solo un delantero en el 93% de los minutos.

Después del clásico, en el juego ante Grecia, el técnico echó mano a variantes inéditas, acordes con las amplias posibilidades de un plantel diverso, con calidad en la alineación y en el banco.

Después del clásico, por primera vez regresó del intermedio con un relevo (el ingreso de Jonathan Moya). Por primera vez dio variedad a sus cambios, con dos variantes más allá del “hombre por hombre". Por primera vez jugó todo un tiempo con dos delanteros, el dúo McDonald-Moya, clave en el trueque del adverso 1 a 0, al final del primer tiempo, por el favorable 3 a 1, al final del partido.

Tampoco se trata de cambiar por cambiar. Carevic logró en poco tiempo lo que algunos técnicos no consiguen en un torneo entero: un estilo definido, ofensivo, ganador, con las piezas bien ubicadas.

Su único “pendiente” pasaba por la misión -aún pendiente- de lograr un domingo con el marco propio invicto, incapacidad maquillada con los goles a favor; los de un Lassiter desenfrenado en sus arribos desde el medio campo; los de un Anthony o un Alex López, francotiradores de media distancia; los de un Moya o un McDonald, depredadores del área.

El técnico capaz de convertir a un equipo con un solo puntero en el más goleador del certamen no parecía necesitar muchas alternativas ni mayor habilidad para interpretar el juego y hacer los cambios hasta que Jafet Soto demostró lo contrario y Paté Centeno terminó de remarcarlo.

Quizás, los liguistas hoy le deben algo al técnico morado.