Jacques Sagot. 14 diciembre, 2020

Fue uno de los más eficaces definidores de la historia de los campeonatos mundiales. Anotó tres goles en Argentina 1978, y seis en España 1982 (tres contra el favoritísimo Brasil), donde ganó el botín de oro como goleador, y el balón de oro como mejor jugador. Sólo otros dos jugadores han logrado esta doble proeza: Garrincha en 1962, y Kempes en 1978.

Era livianito, delgado, no muy alto, con un físico poco intimidante. Pero su rapidez mental, agilidad, olfato de gol, anticipación, eléctricas reacciones, instinto posicional, oportunismo, técnica depurada de la definición hacían de él un delantero escurridizo: los que pasan agazapados la mayor parte del juego, hasta que salen no se sabe de dónde para asestar su zarpazo. Estrella de la Juventus, donde jugó seis temporadas, y de la Selección Nacional, con la que anotó 20 goles en 48 partidos.

El juego de su vida fue el encuentro contra Brasil en 1982: Rossi entró al terreno con “el diablo en el cuerpo” (Raymond Radiguet), todas las luces encendidas, las musas, los duendes y los ángeles (terminología lorquiana) a su favor. Su actitud alerta, ágil y anticipadora desarboló una defensa brasileña concesiva y confiada en la siempre triunfadora respuesta de su hemisferio ofensivo, que era simplemente avasallador. Después de esa victoria, todo el mundo supo que Italia sería campeona. La final, contra una Alemania erosionada por la semifinal contra Francia (prórrogas y penales) y Rummenigge lesionado, fue un picnic para Italia.

Vencido por el cáncer de pulmón, Paolo se suma a los titanes muertos en años recientes: Cruyff, Gordon Banks, Mazurkiewicz, Carlos Alberto, Maradona, Houseman, Galván, Perfumo, Félix, Sócrates… Dolorosa siega. Los héroes del pasado son insustituibles. No hay “banca”, en el terrible partido de la vida. Ninguno de ellos es reemplazable. Gracias, Pablito, por todo tu fútbol, tus estocadas certeras, tu casi fantasmal presencia en el seno de las defensas rivales.