Por: José David Guevara.   17 mayo
Didier Drogba con la camiseta de Costa de Marfil en un partido de la Copa africana. Foto: AP
Didier Drogba con la camiseta de Costa de Marfil en un partido de la Copa africana. Foto: AP

Sábado 8 de octubre del 2005. Una fecha que vale la pena anotar en alguna libreta, registrar en la computadora, la tableta o el teléfono celular; mejor aún: grabarla en la memoria.

Ese día, Didier Drogba, delantero centro de la primera selección de Costa de Marfil que clasificó a una Copa Mundial de Fútbol, sembró una semilla en pro de la paz de su país, dividido y desangrado en ese entonces por una guerra civil que sumaba más de 4.000 muertos. ¿La génesis del conflicto? Un golpe de estado.

Los futbolistas costamarfileños se encontraban en el camerino festejando en grande el pase al torneo Alemania 2006 gracias al partido que acababan de ganarle, en calidad de visitantes, al conjunto de Sudán por 3 goles contra 1.

En medio de la euforia que reinaba en el vestidor y en todo Costa de Marfil, Drogba tomó un micrófono y le habló a sus compatriotas por medio de la televisión: “Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte y del sur, del este y del oeste. Acaban de ver que toda Costa de Marfil puede cohabitar, puede trabajar unida con un mismo objetivo: clasificarse para el Mundial. Les habíamos prometido que esta fiesta iba a unir al pueblo; hoy les pedimos otra cosa”, manifestó y en ese momento se arrodilló y le pidió a sus compañeros que hicieran lo mismo.

Luego retomó sus palabras: “Por favor, perdonen, perdonen, perdonen. Un gran país como el nuestro no puede rendirse ante el caos. Por favor, depongan las armas, organicen elecciones y todo irá bien”.

Un breve pero efectivo y oportuno discurso de quien dejó triunfos y alegrías inolvidables en el Chelsea de Inglaterra, a donde llegó proveniente del francés Olympique de Marsella; un mensaje que contribuyó para que una semana después los dos bandos en guerra suscribieran un alto al fuego que marcó el inicio del fin del odio y la violencia.

Por esa razón la Organización de las Naciones Unidas (ONU) lo nombró Embajador de Buena Voluntad, en tanto que la revista Time lo incluyó, en el 2010, en su lista de las 100 personas más influyentes del mundo.

Más acertado no podía ser uno de los motes que lo acompañaron en su brillante carrera deportiva: “El elefante”: solo un ser humano gigantesco puede dejar en el deporte, su tierra y el mundo una huella tan grande y profunda como la que estampan esos paquidermos al caminar.