Por: Antonio Alfaro.   17 junio

Finaliza el partido, México festeja, el Chicharito llora de felicidad, las cámaras lo enfocan y a un par de metros escucho la frase del día, la razón de esta columna: "¡Qué festejan pendejos! Los quiero ver así cuando lleguen al quinto partido".

Esta imagen no se ve todos los días. Manuel Neuer, declarado el mejor portero de Brasil 2014, vencido por una selección de Concacaf. (AP Photo/Eduardo Verdugo)
Esta imagen no se ve todos los días. Manuel Neuer, declarado el mejor portero de Brasil 2014, vencido por una selección de Concacaf. (AP Photo/Eduardo Verdugo)

¿Cómo dijo? Un momento. Hagamos pausa. Retrocedamos el tiempo. Volvamos a escucharlo. ¡¿Pendejos?! Yo quiero once pendejos de esos, jugándole a Alemania, poniéndola en vilo, contraatacándola, haciéndola sentir el riesgo en cada avance, desbaratando las llaves del Mundial.

Su gol es una obra maestra del contraataque.

México fue tan pendejo como la Sele tica ante Uruguay en Brasil 2014. ¿Recuerda? Aquel 3 a 1 contra pronósticos, digno de elogios, el inicio de la gesta, la gran irreverencia en el Grupo de la Muerte.

Entonces, todos en Costa Rica nos llenamos de orgullo. Nos deleitamos con los elogios de los Hugo Sánchez, los David Failtenson y compañía.

A lo mejor estoy pidiendo mucho. A lo mejor debo entender que esa es la esencia del "aficionado": tener archirrivales, no darles mérito a toda costa, 'basurear' su juego —cuando se pueda— y cuando no, arremeter contra su festejo exagerado, encontrar en medio del logro alguna falencia que no viene al caso (el bendito quinto juego en una Copa del Mundo, al que México añora llegar, esos cuartos de final que siempre se le han negado fuera de su tierra, alcanzados por Costa Rica hace cuatro años). A lo mejor no entiendo que esa es precisamente la gracia de ser fanático: ser fiel a la rivalidad aunque cueste mezquindad.

Por suerte, el párrafo anterior no describe a toda la afición costarricense. Alrededor también escucho frases de admiración hacia el equipo de Juan Carlos Osorio: Determinación. Contraataques vertiginosos. Solidez defensiva. Atrevimiento.

Añado inteligencia. Supo meterse atrás (o quizás Alemania le metió). En todo caso, supo hacer lo que corresponde a un equipo mediano frente a una potencia abalanzada en su contra, herida en el orgullo propio, obligada a ganar, con la corona de campeona del mundo abollada por un gol. México supo jugar con las circunstancias.

Quizás mi comprensión está nublada ante un México por el que no siento adversión, país repleto de gente humilde, amable y apasionada por el fútbol. Quizás desde Cantinflas, el Chavo del 8 y Don Ramón aprendí que había un más allá de aquella arrogancia vendida tiempo atrás por más de un comentarista deportivo azteca.

Para más de uno, la Concacaf era la fea vencidad en la que Tri estaba castigado a jugar. México, sin embargo, siempre ha sido más que unos cuantos periodistas dormidos en los laureles de su poderío en el área. En todo caso, el paso a las cadenas internacionales (donde el público es más amplio), el surgimiento de analistas de diferentes nacionalidades y los logros de algunas selecciones, como el de Costa Rica en Brasil 2014, han cambiado el discurso.

Quizás me mata la fascinación sentida cada vez que el periodismo me enviaba a México en los tiempos de la tinta y el papel. Entonces conseguía allá por Bellas Artes los libros que no asomaban ni la nariz en las librerías costarricenses.

Bueno... les hablaba del Chicharito... Hace algunos años, cuando el atacante era la figura de Concacaf, fichado por el Manchester United, cuando Keylor Navas estaba lejos del Real Madrid, asistí a una conferencia de prensa durante la Copa Oro de ya no recuerdo qué año.

Recién llegado de Inglaterra, con todo el brillo de estrella, lo vi caminar por el pasillo del hotel camino al salón de conferencias. A su paso, no dejó de saludar a propios y extraños con un “buenas tardes, cómo están”, así a periodistas como fotógrafos, misceláneos como dirigentes. No menos calidad mostró ante las preguntas de la prensa, incluso las más incómodas, con una educación que entonces añoré para más de un jugador tico, de esos que a veces ni volvían a ver a un periodista si el momento era complicado. Hoy, dichosamente, podría hablar de la educación de un Bryan Ruiz o la inteligencia y preparación de un Celso Borges. Está claro: de todo hay en la viña del Señor.

Hoy tan solo intento entender por qué no odio el festejo de México. Me consuela saber que en Costa Rica más de un aficionado también tiene el gusto por el fútbol bien jugado y la valentía de dar méritos a quien los merece; así sea México.