Amado Hidalgo. 31 julio

Si la FIFA hubiese querido limpiar el futbol, después de las masivas detenciones hechas por la Justicia de Estados Unidos, el Mundial de Catar no sería en ese desértico emirato del Golfo Pérsico.

Los viejos dirigentes de la FIFA vendieron el campeonato del mundo a los jeques. Los nuevos, cerraron los ojos para no ver el “Informe García”, realizado por un exfiscal norteamericano y a pedido de la misma entidad futbolera. Michael García reveló suficientes pruebas para considerar que Catar (y Rusia también), habían obtenido las sedes mundialistas con múltiples prebendas.

En el 2014 García renunció al negarse la FIFA a revelar el contenido de su trabajo, que descubría el pago de 2 millones de euros para la hija de diez años de un dirigente de la FIFA (a cambio de votos), los regalos de Catar al dirigente español Sandro Rosell, viajes en avión privado de presidentes futboleros, artesanías, cámaras digitales o campañas de proveedores a favor de la cataríes a cambio de contratos.

En una época en la que la FIFA estaba dominada por Joseph Blatter, Julio Grondona, o Ángel María Villar, puros “angelitos” y ya con uno de ellos en el cielo, es tonto pensar que los petrodólares no inclinaron ningún dedo hacia la papeleta del Mundial 2022.

De los casi 2,5 millones de habitantes en Catar, solo 300.000 son ciudadanos nativos. Nunca clasificó y posiblemente nunca habría participado en un mundial de fútbol con su gente. Pero ahora lo tendrá, con estadios fantásticamente acondicionados contra el calor, aunque favorecido por un inusual traslado de fechas para que el sol sea menos inclemente.

La FIFA decidió alterar los calendarios del planeta para que Catar preserve su mundial. No se le puede decir que no a los dueños del Paris Saint Germain o del Málaga, a los jeques que nacionalizaron a un grupo de uruguayos para intentar, infructuosamente, ir al Mundial del 2006 o a los dueños del Bein Sports, con sus monopólicos derechos de transmisión de la Premier League o a la Liga Francesa.

Trabajadores de diferentes partes del mundo construyen los estadios del Mundial a 50 grados de temperatura. Principalmente nepalíes. Amnistía Internacional ha denunciado una explotación laboral “grave y sistemática”, en esa tarea de crear en el desierto las ocho maravillas surrealistas que albergaran el torneo.

De los viejos dirigentes “fifeños”, el que no está acusado es al menos sospechoso y le da miedo poner un pie en Estados Unidos. El soborno, y no la pelota, era su lenguaje universal. De los nuevos hay que decir que contrataron muchos cosmetólogos, para pintar un nuevo rostro, pero es don dinero quien sigue metiendo los goles.