Amado Hidalgo. 4 diciembre, 2020

Muchas heridas de guerra cargó desde siempre. Algunas autopropinadas. Otras causadas por la industria del fútbol.

El niño pobre pudo salvar a su familia y su futuro económico, pero fue incapaz de salvarse a sí mismo, de escapar a esa muerte a plazos con que pagó por su estatus de súper estrella.

Hipotecó su alma al clan de aduladores que siempre estuvo a su lado, para festinar el dinero y compartir la bohemia, las noches, el vicio y las mujeres.

Fue capaz de vengar por sí solo la derrota de todo un ejército en Las Malvinas. Pero no pudo ganar la única batalla que lo tendría hoy con vida, la guerra contra sus propios demonios, azuzados por ese clan maldito que lo acompañó hasta las puertas del infierno.

Su país, la FIFA, los técnicos, equipos y aficionados gozaron del prodigio futbolístico y económico que representó. Pero cuando dejó de ser el gladiador perfecto, el modelo de futbolista, la máquina de hacer dinero, le dieron un puntapié y lo condenaron para siempre a su propia suerte, enredado más que nunca en delirios incontrolados.

Le cortaron las piernas porque en lugar de rehabilitarlo y convertirlo en un símbolo de reivindicación humana, le sacaron la pelota de los pies y lo hundieron en ese pantano sin fin en que se convirtió su vida.

Otros lo adularon tanto, lo endiosaron tanto, que lo pusieron en el altar de la iglesia maradoniana, desde la cual le fue difícil aceptar sus pecados de humano degradado por los vicios.

No pudo con el peso de sus proezas, con la avalancha de su fama ni con el hereje título de Dios del fútbol, desde aquella inolvidable tarde mexicana en que llevó al cielo a todo su país.

La industria del fútbol, despiadada, le negó la mano como él se la negó al mismísimo Havelange luego de perder la final del 90. Nadie pudo y tal vez pocos quisieron sacarlo de ese abismo al que lo empujaron muchos.

Así que cuando el parte médico salió a la luz, apenas confirmó lo que ya todos sabíamos: la fragilidad humana de un genio endiosado, que se murió a plazos desde su primera cita con el balón.