Por: Jacques Sagot.   18 febrero

Siete obreros murieron en el frenético accellerando final que la falta de previsión provocó, durante la construcción de varios estadios en el mundial Brasil 2014. A ritmo de tambor, como los esclavos en las galeras romanas de la Antigüedad, o los mineros ingleses de la temprana Revolución Industrial, trabajando día y noche, y desatendiendo las normas mínimas de seguridad laboral, siete hombres perdieron la vida para que el mundo pudiese disfrutar su kermesse futbolística cuatrienal. Nadie recuerda sus nombres, no se les rindió homenaje alguno… fueron barridos bajo la alfombra, a fin de no empañar el ambiente festivo propio del evento. Monstruoso, inaceptable, violatorio de los derechos humanos. Un verdadero crimen de lesa humanidad. Por lo demás, el hecho es que jamás en la historia de los campeonatos mundiales, la organización perentoria y mal planificada del evento había costado la vida de siete trabajadores: techos que se desplomaban, muros que colapsaban, obreros que se caían desde alturas inusitadas, sin forma alguna de protección… En materia de seguridad laboral, el Mundial Brasil 2014 nos retrotrajo a los primeros años de la Revolución Industrial. Cada estadio debería llevar el nombre de alguna de las víctimas que perecieron en su construcción. Quienes concurrieron a los partidos, quienes jugaron en las gramillas, quienes alzaron trofeos, celebraron goles y lloraron derrotas, deben saber que lo hicieron sobre los cadáveres de siete hombres cuyos nombres fueron mantenidos en discreto anonimato. Un pretium doloris demasiado alto, para cualquier evento deportivo, por universal y prestigioso que sea. La FIFA exigió más de la cuenta a un país que no supo gestionar el torneo con la antelación necesaria, y forzó el ritmo, en angustioso sprint final, ocasionando “bajas de guerra” que no recibieron, ni remotamente, la cobertura mediática que merecían.

Ni siquiera una placa conmemorativa para perpetuar sus nombres. Nada, absolutamente nada. Un evento celebrado sobre los cadáveres aun frescos de siete hombres debería de haber sido boicoteado. ¡Tanto dolor para unos cuantos goles! ¡Qué ingratos somos! ¡Qué amnésicos y desmemoriados con las víctimas que permitieron nuestra gloria efímera, flor de muerte!