Jacques Sagot. 7 enero

La guerra de las Malvinas constituyó un trauma histórico y colectivo para Argentina. Corría el infausto año de 1982. Se juega el campeonato mundial en España. La Selección Argentina perdió el partido inaugural contra Bélgica por 1-0, en el estadio Camp Nou, el 13 de junio. Al día siguiente, la Argentina firmaba la capitulación ante Inglaterra. Dos fechas amargas, en el terreno de la guerra real y de esa guerra lúdica que es el fútbol. Argentina llevaba un equipazo, ciertamente mejor que el que había ganado la copa del mundo en 1978. Ahí estaba la base del equipo campeón, reforzada además por Ramón Díaz y Maradona. Aun así cayeron ante Bélgica, Italia y Brasil. Es evidente que la desmoralización nacional acarreada por la derrota bélica afectó a la selección. Osvaldo Ardiles perdió a su primo José, miembro de la Fuerza Aérea Argentina. Mientras duró el conflicto, “Ossie” dejó de jugar para el Tottenham Hotspur y se pasó al París Saint-Germain. Meses después, regresaría al equipo inglés, con el que ganaría la Copa de la UEFA y dos campeonatos locales.

El legendario locutor deportivo Juan Carlos Morales cuenta como, en Radio Rivadavia, les habían prohibido mencionar las palabras “inglés” o “Inglaterra”. Morales refiere, con una mezcla de humor y tristeza, cuando tuvo que comentar el partido Inglaterra-Alemania. En lugar de decir “ingleses” tenía que usar perífrasis tan ridículas como “los de rojo”, o bien “los rivales de Alemania”, y por ahí, en un descuido, se refirió a ellos como “los piratas”. Fue una experiencia surrealista, completamente absurda.

En la Guerra de las Malvinas murieron 601 argentinos. Nadie recuerda sus nombres. No se les erigieron monumentos, ni se bautizaron calles, parques o estadios con sus nombres. Ya el olvido -esa muerte social con la cual aun los muertos terminan de morirse- se los ha tragado. Pero todo mundo recuerda a Maradona, porque con una marrulla despreciable les robó el partido a los ingleses en México 1986. Las sociedades deberían redefinir su concepto de héroe, de prócer, de mártir de la patria. Por un lado, 601 valientes que murieron gritando “¡Viva Argentina!”, por el otro, un patán que no hizo más que fumar cocaína, doparse y hacer chanchullo en el terreno de juego.