Jacques Sagot.   22 julio

Es un factor X. Imponderable. No se puede cuantificar, como los goles o las asistencias. Es indeterminable, elusivo a toda definición. Y sin embargo, su presencia —como su ausencia— siempre resulta evidente. Podemos a lo sumo intentar caracterizarlo con palabras tan laxas como liderazgo, don de mando, carisma, autoridad, espíritu épico, facultad de contagiar a los correligionarios de fervor, entusiasmo, vocación guerrera. Contagiar, sí, como si se tratase de un virus. Es la musculatura del alma. Una electricidad, una fabulosa corriente de electrones, un magnetismo que ciertos jugadores dimanan, inflamando y enfervorizando a sus compañeros. Es un don natural. Se tiene o no se tiene, y si tal es el caso, no hay nada que se pueda hacer por adquirirlo. Es un elemento estructural, invariable, de cierto tipo de personalidades.

Les diré qué jugador, en la historia del fútbol, poseyó esta misteriosa facultad como nadie más que el mundo recuerde. Franz Beckenbauer, “El káiser”. Jamás vi fenómeno que pudiese comparársele. Beckenbauer arengaba a sus tropas, reagrupaba a su armada, hacía avanzar o retroceder las líneas de su equipo: cuando se iba al ataque hacía subir la línea de cuatro defensas 20 metros, donde pudiesen apoyar en la gestión ofensiva. Sí, Beckenbauer tenía el factor X. Fuera de Alemania, ninguna potencia futbolística ha jamás producido un espécimen de estas características. No de tal jerarquía, no.

Messi tiene mil veces más dribbling, picardía, gambeta, malicia, ingenio, y caracoleo de piernas que Beckenbauer. Es el mejor futbolista de los últimos 25 años, y yo soy su más ferviente admirador. Pero no es un futbolista completo: carece del factor X. Por eso no podrá jamás echarse al hombro a su selección. Tampoco es líder en el Barcelona: es un goleador y un pasador endemoniado, pero cien veces más liderazgo tenían Iniesta, Xavi, Mascherano y Puyol. Y a eso se reduce el drama de este chico, que no nació para héroe, que cuando va perdiendo se encoge, se evapora, y se limita a infligirnos esa expresión de angustia e impotencia que tan bien le conocemos. La suya es una falencia psíquica, moral y espiritual, no técnica. No hay que darle más vueltas al asunto.