Por: Esteban Valverde.   23 junio
Justo cuando iba a dar inicio el juego entre Costa y Brasil comencé a sentir molestias.
Justo cuando iba a dar inicio el juego entre Costa y Brasil comencé a sentir molestias.

San Petersburgo, Rusia. Ir a un Mundial es el sueño de todo jugador, de todo entrenador y sí, también el de todo periodista deportivo. Pero eso implica pasar vicisitudes lejos de casa, por lo que los cuidados deben ser extremos y de igual forma hay situaciones que no se pueden controlar.

El día en que Costa Rica enfrentó a Brasil fue el día más complicado para mí, de los 15 que llevó dándole seguimiento a la Selección Nacional en su aventura mundialista.

Una serie de molestias estomacales provocaron una seguidilla de vómitos (siete veces durante el juego en el estadio de San Petersburgo). De hecho salí tantas veces de la zona de prensa al baño, que los personeros de FIFA ya me tenían identificado... Me dejaron de pedir la identificación.

No recuerdo muy bien mi estado; andaba, como decimos en Costa Rica, ‘en automático’, pero los colegas que me acompañaban notaban que algo no estaba bien.

”¿Mae se siente bien?”, me repetían constantemente. Definitivamente no estaba bien: los escalofríos llegaron a empeorar la situación.

El partido pasó, vi cómo Brasil marcó sobre el 90′ sus dos goles y también noté cómo Keylor Navas abrazó a sus compañeros en el centro del campo. Dado que preferí bajar tarde a la zona mixta, pude observar el comportamiento de los jugadores en un momento complicado.

Al menos sí vi apoyo, también vi consuelo.

Me trasladé a la zona mixta, pero mi estado no mejoraba por lo que gracias a la preocupación de cada uno de los colegas ticos, me atendieron los servicios médicos que FIFA tiene en los estadios.

De hecho, yo no podía caminar, no me podía sostener y con costos podía mantener los ojos abiertos... Es poco lo que recuerdo de esa parte que viví.

Primero tuvieron que comprobar quién era yo y aunque fue un proceso lento, al final me inyectaron dos sustancias, que todavía no sé que fueron, pero me hicieron sentir mejor. Apenas subí a la ambulancia logré entender que sería trasladado al hospital.

Un trayecto de cerca de media hora separaba al estadio del centro médico, la sirena fue puesta un par de veces en el camino, pero yo iba consciente y mejor de lo que estuve en el estadio.

Al hospital me acompañó el colega Gabriel Vargas, de TicoDeporte.com, quien se convirtió en el traductor de ruso a inglés para dar a entender lo que pasaba.

Ya en el lugar, nos recibió una secretaria, en una sala similar a la de emergencias del Hospital Calderón Guardia. Gracias a Google Translate nos entendimos y pudo abrirme un expediente.

A la media hora de llegar, me llamaron por una puerta como sucede en nuestro país. El doctor Dimitriv, quien tenía a cargo la guardia nocturna empezó a examinarme.

Para empezar exámenes de sangre: dos, me sacaron sangre del dedo y de la articulación del codo. Tengo que aceptar que el pellizco del dedo me dolió como nunca, al escuchar mi ‘aú’ la enfermera con una ligera sonrisa me dijo unas palabras en ruso... Supongo que era algo como: ‘ya pasó...’.

Después fui a hacer fila para una prueba más: una radiografía estomacal.

Al finalizar las pruebas, un apresurado el doctor Dimitriv se me acercó y me dijo: ‘Míster Valverde, usted no tiene un problema grave, debe ser un desorden estomacal o intestinal, pero necesito que se quede al menos una noche en el hospital’.

No voy a mentir, mis ojos se abrieron de par en par y a como pude pregunté ¿por qué? Al final logré comprender que era para mantenerme en observación; no obstante le hice saber que me sentía bastante mejor y que prefería irme al hotel a descansar.

El galeno, de unos 40 años tal vez, no estaba muy convencido de dejarme ir, pero sabía que no me podía retener contra mi voluntad; así que buscó una segunda opinión: llamó a su jefa, que por lo que logré comprender, era la directora del hospital.

Ella me hizo un test más, comprobó que mi estomago había mejorado y le dijo a Dimitriv que podía partir.

“Ya puedes ir”, me dijo el doctor.

Con una sonrisa salí del centro médico público de San Petersburgo en compañía de Gabriel, Damián Arroyo, fotógrafo de La Nación, y Andrés Mora de La Teja. Además, todos los demás colegas presentes en territorio ruso se comunicaban conmigo vía WhatsApp.

Dos horas después de entrar abandoné el lugar con un mejor semblante y en mejor condición. Así terminó el día más complicado en la cobertura del Mundial, uno que me llevó a palpar la experiencia de estar en un hospital ruso.