Por: Enrique Obregón.   28 diciembre, 2017

El artículo 75 de la Constitución Política dice: “La religión católica, apostólica, romana, es la del Estado, el cual contribuye a su mantenimiento, sin impedir el libre ejercicio en la República de otros cultos que no se opongan a la moral ni a las buenas costumbres”. O sea, el Estado costarricense es confesional.

03/11/2017/ Marcha por la vida y la familia / En la foto Pamela Montero, Betsalí Hidalgo, Janeth Fonseca, grupo de mujeres quienes participaron en esta marcha la cual predominó el color blanco / Fotografía: John Durán
03/11/2017/ Marcha por la vida y la familia / En la foto Pamela Montero, Betsalí Hidalgo, Janeth Fonseca, grupo de mujeres quienes participaron en esta marcha la cual predominó el color blanco / Fotografía: John Durán

En el mundo, son pocos los Estados que hacen manifestación parecida. El laicicismo se universalizó, quizá por algo que está en la naturaleza de las cosas y en la lógica de la razón del derecho: es una tontería declarar que el Estado tiene religión. Sin defender ahora al Estado laico –que ya expuse en otra ocasión– quiero referirme a esa rara manifestación de nuestro derecho público.

Aun cuando no estemos de acuerdo con el Estado confesional que nos rige, no podemos negar su realidad, y nuestros gobernantes, al ajustar su acción gubernamental acorde con lo manifestado en el artículo constitucional citado, actúan dentro de la ley. El pueblo costarricense ha sido históricamente católico en su gran mayoría. La religión y el civismo marcharon siempre fraternalmente unidos.

A la par de la iglesia construimos la escuela. Los niños cantaron muy de mañana el himno nacional en el patio escolar y rezaron el rosario al anochecer. La escuela enseñaba la historia patria, pero también los fundamentos de la religión cristiana. Y en los hogares las madres cumplieron con ciertos requisitos fundamentales: primero el bautismo, luego enseñaron a sus hijos a orar, a ir a misa los domingos y a prepararse para la primera comunión y la confirmación después. Estos sacramentos se cumplían con la participación familiar de hermanos, padres, tíos, sobrinos y abuelos.

Recuerdo que para mi confirmación, mi madre –con fe familiar transmitida de generación en generación– convocó a toda la familia. El rito se llevó a cabo en la catedral de Alajuela y mi padrino fue Alfonso Guzmán León, primo hermano de mi madre. Y hasta mi tío abuelo, Santos León Herrera, que vivía en Cartago, asistió, por considerar, como todos los mayores de la familia, de gran importancia espiritual aquella ceremonia que tiene por fin ratificar la fe y recibir el don del Espíritu Santo.

De todo esto, nadie tuvo duda alguna en nuestra familia. Y así, la mayor parte de las familias costarricenses.

Alejamiento. Ya en mi adultez, me alejé bastante de estas costumbres y obligaciones de nuestra religión y, casi totalmente, de las ahora virtuales sotanas. Pero mantuve relaciones de amistad con algunos sacerdotes, especialmente con el padre Benjamín Núñez, con quien anduve estrechamente unido en temas revolucionarios y hasta espirituales, durante más de cincuenta años.

En cierta ocasión, en una conversación que mantuve con él, y posiblemente porque me veía como demasiado mundano en algunas expresiones, me preguntó enfáticamente, casi reclamando una confesión: “Pero ¿usted cree verdaderamente en Dios?”. Y le contesté: “Mire, padre, eso solamente Dios lo sabe”.

Años después, en una charla que daba Benjamín en el club del partido político al cual ambos pertenecíamos, se desvió un poco del tema que exponía para decir algo así: “A Enrique Obregón lo han insultado públicamente por su sinceridad para defender los más claros fundamentos de la democracia social, y, por esa razón, también lo acusaron de ateo. Pero yo quiero decirles a ustedes lo siguiente: una de las más fervorosas manifestaciones acerca de la existencia de Dios se la escuché, precisamente a él, hace algunos años”.

El artículo constitucional que cito compromete a los funcionarios públicos con la fe cristiana, y si en la ley orgánica del Sistema Nacional de Radio y Televisión (Sinart) se establece que esa entidad debe ser neutral en temas religiosos, esa disposición es inconstitucional. El Estado costarricense, en asuntos religiosos, no es neutral. Pienso que debería serlo pero no lo es.

Conforme a la ley. Cuando el Consejo Directivo del Sinart eliminó los espacios católicos de la radio y televisión a su cargo, se equivocó. Al revertir ese acuerdo regresó a la legalidad.

Por lo demás, esto nada tiene que ver con el respeto al pluralismo religioso que nuestra Constitución resalta y defiende. Pluralismo es aceptar o reconocer la pluralidad de doctrinas, pero tal aceptación no conduce a la neutralidad. La misa y el rosario que hasta ahora se han transmitido no viola ningún derecho, pero sí satisface a la mayoría del pueblo católico de este país.

Por todo lo que dejo expuesto y la controversia que sobre tal asunto hemos presenciado, deberíamos meditar serenamente. El artículo 75 de nuestra Constitución Política debe ser derogado y por una sola razón repito: es una tontería declarar que el Estado tiene religión.

El autor es abogado.