El fin de la actividad financiera es llevar recursos de ahorrantes a otros agentes que tienen buenos planes de inversión, pero que carecen de los recursos financieros para ejecutarlos. Con la operación del sistema financiero ambos tipos de actores --ahorrantes y usuarios del crédito-- ganan. Los primeros porque obtienen una rentabilidad por sus ahorros y los segundos porque emprenden proyectos que de otra forma no habrían llevado a cabo.
El sistema financiero cumple de manera óptima su función cuando el "margen de intermediación", que es la diferencia entre la tasa de interés que se cobra al usuario y la que se paga al ahorrante, es mínimo. En tal caso el flujo de recursos de unas unidades a otras es máximo. En general, los sistemas competitivos operan con márgenes de intermediación bajos. Los sistemas distorsionados, como el costarricense, trabajan con márgenes de intermediación muy elevados, lo cual es sinónimo de ineficiencia social. Las distorsiones de nuestro sistema van desde un sector público deficitario --que se come gran cantidad de crédito interno que debería ir al sector productivo-- hasta un sistema muy compartamentalizado, burocratizado y que confía en altos encajes. Todo esto se ha traducido en márgenes de intermediación superiores al 15 por ciento.
Entre los muchos problemas que este fenómeno presenta es que incentiva la operación de una banca paralela. Por esto es que nuestro sistema financiero debe ser reformado y por ello es que bajo el tercer Programa de Ajuste Estructural (PAE III) el país prometió al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que emprendería tal reforma.
Abrir a la competencia la captación de los depósitos y ofrecer redescuento en igualdad de condiciones a todos los participantes, constituyen importantes pasos hacia la modernización financiera. Sí esto se da, toda nuestra banca, y no una parte de ella, será banca de desarrollo. En efecto, la competencia por la captación necesariamente se ha de traducir en mejores servicios para los usuarios y dar acceso al redescuento a la banca privada ha de tener similar efecto. El redescuento no es una dádiva: es un préstamo de última instancia, a tasa de interés alta, que permite llevar liquidez al esquema cuando por causas no imputables al intermediario se requiera. Eso protege a los ahorrantes y, a la vez, hace innecesario a los bancos mantener una alta proporción de sus carteras invertida a corto plazo, lo que reditúa poco. El acceso al redescuento, entonces, ayuda a reducir el margen de intermediación financiera.
El sistema financiero moderno no es una herramienta de la planificación central, para dirigir el crédito conforme al criterio de los burócratas de turno o para canalizar subsidios por medio de la tasa de interés. En materia social, el criterio moderno para redistribuir riqueza a favor de los grupos que la sociedad determine, consiste en utilizar de manera clara y directa el presupuesto nacional.
La reforma que, en materia de redescuento y cuentas corrientes, el Gobierno de Costa Rica sometió al BID, bajo el PAE III, no tiene los condicionantes que en un campo pagado aparecido el domingo --"La hora del cambio"-- menciona la fracción del Partido Liberación Nacional. Si antes de setiembre próximo no se aprueba la modernización de nuestro sistema financiero, o si se le aprueba con condicionantes respecto a la asignación burocrática del crédito, a la tasa de interés y a largos plazo para la entrada de vigencia de parte de ella, entonces no es improbable que el BID interprete que hemos incumplido nuestra promesa y que perdamos, también, la porción del PAE III que todavía está viva. Pero, peor que eso sería resignarnos a aceptar que todavía como país no estamos listos para operar en las grandes ligas de los mercado financieros.