Kenneth Rogoff.   6 agosto

SANTIAGO – El ascenso de las megaciudades como centros de una intensa creación de empleos es una de las características definitorias de la economía global del siglo XXI. Pero no siempre es un elemento positivo.

En el mundo en desarrollo, con todo lo grandes que pueden ser los retos (por ejemplo, la gran Nueva Delhi ha ido absorbiendo 700.000 nuevos habitantes por año), la urbanización sigue siendo la mejor esperanza para aliviar la pobreza. Pero en las economías avanzadas, muy adelante en la llamada curva del desarrollo de Lewis, es mucho menos evidente que concentrar las oportunidades económicas en ciudades cada vez más grandes sea el único camino, o siquiera el correcto.

Son bien conocidas las razones por las que metrópolis como Nueva York, San Francisco y Londres se han vuelto cada vez más dominantes en lo económico. Las grandes ciudades que ofrecen una amplia variedad de empleos interesantes, atracciones culturales y vida nocturna ejercen una gran atracción sobre los trabajadores jóvenes y sin vínculos. Y la combinación de grandes masas de trabajadores y firmas altamente especializadas produce efectos de conexión y aglomeración difíciles de igualar en las ciudades más pequeñas, en particular en sectores como la tecnología, la biotecnología y las finanzas.

Sin embargo, también hay desventajas, principalmente por los altos costos de la vida (en especial, los de vivienda) y por la gran cantidad de tiempo perdido en congestionamiento vial. Aunque a menudo los arquitectos y planificadores urbanos ofrecen nuevas e imaginativas ideas para las grandes ciudades, cada vez es más difícil dar respuesta a las serias limitaciones de infraestructura. Mientras tanto, muchas ciudades pequeñas y medianas se esfuerzan por mantener el dinamismo económico. Rochester, Nueva York, donde crecí, se destaca como uno de los muchos ejemplos en el muy interesante libro, de reciente publicación, Jump-Starting America, de los economistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) Jonathan Gruber y Simon Johnson.

En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Rochester era una de las ciudades más ricas de Estados Unidos. Kodak, Xerox y Bausch and Lomb tenían sus sedes ahí, lo que la convertía en una pequeña Silicon Valley. Lamentablemente la competencia global (en especial la japonesa) la afectó primero, y después la innovación tecnológica le dio el golpe de gracia: las cámaras digitales en el caso de Kodak; las fotocopiadoras y piezas modulares de reemplazo en el caso de Xerox. Hoy, la población del área metropolitana alcanza casi 1,1 millones de personas, la cual ha crecido apenas marginalmente desde 1990, y la ciudad misma se ha reducido a 200.000 desde un punto álgido de 300.000 habitantes.

Aunque alberga grandes universidades, un hospital de clase mundial y una orquesta filarmónica de fama nacional, Rochester lucha por competir contra las grandes urbes de la costa este por industrias dinámicas que generen empleos, y cada vez más carece de los recursos para abordar los problemas urbanos. Por ejemplo, la East High School (de la que fui alumno) ha tenido problemas en los últimos años solo para mantenerse abierta. En general, muchas ciudades pequeñas y medianas se encuentran abandonadas por profesionales jóvenes y deben prestar servicios a poblaciones mayores, con ingresos tributarios insuficientes.

¿Qué pueden hacer las autoridades para que estos sitios sean más atractivos, tanto para fomentar el crecimiento como para reducir la presión demográfica de las metrópolis? Gruber y Johnson sugieren, entre otras cosas, crear nuevos centros de investigación básica financiados por el Estado en ciudades medianas, así servirían como puntos de atracción de talentos y ejes de desarrollo localizado. Jim O’Neill ha argumentado a favor de producir motores económicos regionales en el Reino Unido mediante la construcción de enlaces de transporte de alta velocidad entre ciudades medianas vecinas, como se ha hecho en China.

A estas ideas, yo añadiría un mejor cumplimiento de las políticas antimonopolio. A como están las cosas, cuando lleguen los próximos George Eastman (fundador de Eastman Kodak) o Joseph Wilson (fundador de Xerox), es muy probable que alguna empresa dominante del mercado los persuada u obligue (o con una combinación de ambas) a mudarse a un eje tecnológico ya establecido, con lo cual Rochester recibiría muchos menos beneficios secundarios. Una ventaja del enfoque antimonopolio es que el gobierno no elegiría ganadores y perdedores, sino simplemente se aseguraría de que no gane siempre la misma región.

Un segundo paso adicional sería invertir dinero público para crear recursos educativos de alta calidad en línea, primordialmente materiales técnicos de todo tipo. Sin duda, este enfoque es mucho mejor y más abierto al futuro que invertir en universidad gratuita para todos, al reconocer que la educación y la reeducación se deben cultivar toda la vida. Sería fundamental proveer Internet básica gratuita y universal (como los académicos del Derecho Ganesh Sitaraman y Anne Alstott proponen en su nuevo libro The Public Option).

Tal vez el fenómeno de las megaciudades “que lo ganan todo” no persista. Después de todo, hasta cerca de 1980 la tendencia había seguido la dirección opuesta, lo cual se databa en el origen de la producción en masa de automóviles, que ayudó a impulsar el crecimiento en áreas metropolitanas de menor tamaño. Por supuesto, todo eso se interrumpió con el ascenso de los ordenadores personales y la Internet. En algún momento, surgirá un invento o un nuevo modelo de negocios que contribuya a realizar de manera más plena la promesa del teletrabajo, quizás integrando mejor y de modo más continuo a los trabajadores remotos con la oficina central. Y tal vez el calentamiento global eleve los costos en las ciudades cercanas al mar y tempere los inviernos de Rochester.

El ascenso de las megaciudades modernas merece muchos elogios. Pero, si persiste la tendencia, una mayor innovación pública y privada será precisa para lograr un mejor equilibrio del crecimiento regional. Y esa necesidad de respuesta a los retos del desarrollo no se limita a las economías emergentes.

Kenneth Rogoff: ex economista en jefe del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

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