18 septiembre, 2003

Cuando los economistas nos dicen que el crecimiento económico se explica, en gran medida, por la tecnología, el mensaje es alentador para unas naciones, pero no para otras pues para adoptar, crear o usar tecnología se requiere contar con un nivel adecuado de educación de la población, y esto toma décadas alcanzarlo.

Costa Rica apostó temprano por la introducción y desarrollo de nuevas tecnologías para explotar el capital humano construido durante décadas de inversión social sostenida. Contradictoriamente, el sistema educativo no está dando la talla para dar el salto hacia el desarrollo, aunque se abre una esperanza.

Tenemos un ministro dispuesto a despertarnos de la nociva ilusión de que en Costa Rica la educación anda bien, y propone un relanzamiento de la educación. Así abre espacio para el pensamiento y para la acción de distintos actores preocupados por estos asuntos.

Dinámica del sistema. Cuando Mauro Fernández declaró la guerra contra la ignorancia, era a la vez ministro de Educación y de Hacienda. Hoy no gozamos de esa coincidencia de ideas y acciones. Relanzar la educación con seriedad significa declarar la guerra a la mediocridad, característica no de los docentes ni de los muchachos, sino de la dinámica del sistema.

En el proceso de aprendizaje y de enseñanza confluyen muchos elementos. Se da en un contexto físico que es el aula, y allí tenemos problemas de cantidad y de calidad. Vergonzosamente continuamos con déficit de aulas, y, aún si lo enjugásemos, estaríamos muy lejos del equipamiento adecuado que, como mínimo, debería incluir televisor, aparato de reproducción de video, algunas computadoras y conexión a la Internet. Esta infraestructura podría solventar en parte el viejo problema de la insuficiencia de suministros escolares. Tenemos, sin embargo, tres actores: los docentes, los estudiantes y las familias de estos.

Todavía no se alcanza la profesionalización de todos los docentes. Las universidades no lograron graduar suficientes profesionales en educación, pero ¿habrán tenido bastante materia prima para producirlos? Para que más jóvenes se interesen en estudiar educación, es necesario crear los incentivos necesarios. El primero es la certeza de un desarrollo profesional digno y acorde con el esfuerzo que requiere su formación universitaria. Para reclutar suficiente talento joven, el país necesita también la dignificación del educador.

Calidad y pertinencia. Ahora, si se recluta a aquellos jóvenes, caben muchas preguntas sobre la calidad y la pertinencia de su formación. Además, una vez en ejercicio, cabrá la pregunta sobre los incentivos idóneos para su actualización continua y sobre la evaluación de su desempeño. Más grave aún: incluso los buenos maestros tendrían problemas con el aprendizaje de estudiantes que en algunas comunidades deben caminar largas distancias, que llegan con hambre o afrontan otra serie de problemas propios de programas, como comedores escolares y transporte escolar. Esa política social de apoyo a los estudiantes de menos recursos está descuidada y desfinanciada, y no es suficiente para evitar la deserción.

Las necesidades de los jóvenes son más complejas, según revelan recientes estudios del Ministerio de Trabajo y de IPEC-OIT. Indican que el 44 por ciento de los 113.000 costarricenses entre 5 y 17 años que laboran, no estudian, y que el 51 por ciento tienen rezago escolar.

El cuarto elemento son las familias, y estas serían las primeras en ser evaluadas. ¿Estarán dispuestas a pagar con impuestos o a que se aumente la carga tributaria para relanzar o reafianzar la educación? Si no estamos dispuestos a pagar un incremento significativo en ventas (tal vez un 18 por ciento, como otras naciones), y si no corregimos la evasión fiscal y la defraudación en aduanas, el relanzamiento de la educación será solamente cosmético.