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¿Y la agenda para el desarrollo?

Se requiere una agenda común que encadene las necesidades ciudadanas o al menos, los problemas que enfrentamos ,con un enfoque multidimensional y multilateral

Desde hace años he venido insistiendo en la gran oportunidad que representaba el bicentenario de nuestra independencia para convocar un proceso de diálogo, concertación y acuerdo nacional que nos facilitará, como sociedad, la definición de nuestras grandes metas y visión de país para los próximos 30 años.

Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos que se sumaban a las voces de otros (as) no he visto materializarse dicha aspiración. Lamento reconocer que nos ganó la inmediatez de las decisiones, que nuestras urgencias superaron la priorización de lo realmente importante. Dejamos de pensar en el largo plazo para atender las urgencias que no nos permiten ver más allá del ahora.

Reconozco que no se pueden obviar esfuerzos institucionales puntuales que intentan sumar a esta visión, pero mi aspiración va más allá de estos ejercicios tecnocráticos que no cuentan con la legitimidad suficiente para transformarlos en visiones colectivas que encuentran sentido para todos, más allá de donde cada uno se ubique.

Esta paradoja de lo urgente que nos consume nos aleja de lo necesario, me hace pensar que los países que percibimos como «desarrollados» lo han logrado gracias a una visión de futuro socialmente compartida, local y sectorialmente implementada.

Esta enseñanza la hemos aplicado en Costa Rica cuando analizamos algunas de nuestras fortalezas, me refiero a un robusto sistema de salud pública y universal; una democracia representativa que nos consolida como una de las cinco plenas en el continente; el hito de la abolición del ejército que nos afianza como un país de paz; la protección de áreas de conservación terrestre y marina; la electrificación y generación de energía limpia; y hasta hace poco, la educación pública primaria y, en menor medida, la secundaria, que actualmente hace aguas, según lo demuestran los indicadores y el más reciente informe del Estado de la Educación.

Detener y revertir. Resulta impostergable la urgencia de detener y luego revertir las injustificables brechas de desigualdad que crecen desde inicios de siglo y que se acrecentaron en esta administración, a partir de una reducida agenda temática, centrada en el déficit fiscal, las restricciones sanitarias y las medidas para descarbonizar la economía, pero que se resiste a entrarle a las brechas, especialmente a nivel regional, de género y juventud.

Se preguntarán a estas alturas del artículo por la propuesta (s) en momentos en que enfrentamos un panorama electoral cargado de incertidumbre, no solo por el porcentaje de indecisos que prefiero llamar «electores escépticos» y que esperan no solo que se terminen de definir las fórmulas presidenciales, sino que se formalicen las propuestas de gobierno que deben ser claras, concretas y viables. Es aquí donde creo que la mayoría de los candidatos y candidatas no tienen tan claro sus propuestas, o bien, reconocen que deberán dejar amplios márgenes de negociación con otros partidos u organizaciones gremiales para definirlas en el próximo Plan Nacional de Desarrollo, con una visión de cuatro años. No obstante, soy de la tesis de que esa visión cíclica es insuficiente cuando hablamos de políticas de estado para el desarrollo humano sostenible.

En este contexto ampliamente conocido y compartido, es donde creo que este artículo cobra importancia y vigencia, ya que, nos alerta sobre la importancia de la prospectiva, que no es otra cosa que la construcción de escenarios posibles y la definición de políticas públicas y acciones que nos encausen hacia el escenario deseable.

Hoy la urgencia socioeconómica y los liderazgos políticos muy venidos a menos, están exigidos a dar resultados casi inmediatos, por lo que debemos trabajar con los insumos disponibles y creo que lejos de citar los múltiples diagnósticos y estudios útiles, debemos articular los acuerdos internacionales multilaterales como lo son: los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) que impulsa el Sistema de Naciones Unidas y que orienta la cooperación internacional; las recomendaciones de la OCDE para mejorar nuestros indicadores de desarrollo a través de buenas prácticas; y las acciones tendientes a mejorar nuestros indicadores de competitividad internacional que impulsa el Foro Económico Mundial. Debemos alinear los tres con un enfoque socioeconómico que atienda las prioridades que la ciudadanía revela, a través de los distintos estudios de opinión publica de manera sistemática.

Me refiero al desempleo, costo de vida, salud pública, lucha contra la corrupción, desempeño institucional entre otros, visión que no se contrapone con la importancia de mejorar las finanzas públicas pero que por sí misma, no resuelve la problemática que enfrenta la ciudadanía y que explica una importante pérdida de confianza en la representatividad democrática.

Propongo entonces, que los candidatos y candidatas, así como los partidos, trabajen en torno a una agenda común que encadene las necesidades ciudadanas o al menos, los problemas que enfrentamos, con un enfoque multidimensional y multilateral, que permita visualizar los avances bajo parámetros internacionales como los que ya contamos.

Además, que retomemos y actualicemos el acuerdo político alcanzado entre los partidos políticos hace cuatro años y que lo ampliemos mediante el Consejo Económico y Social, incluyendo más organizaciones, de modo que permitiría construir acuerdos democráticos que generen confianza y certidumbre suficiente para pasar de políticas de gobierno (cuatro años) a políticas de estado, permitiendo así, articular recursos y esfuerzos que fundamenten las alianzas público-privadas, al tiempo que articulen nuestras políticas nacionales con la política exterior, por medio de la cooperación internacional.

La pregunta que nos queda por contestar es: ¿por dónde empezamos?

alebarahonak@gmail.com

El autor es politólogo e internacionalista.