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Velos, verdades y bagatelas

De la Antigüedad al presente ha habido un cambio sustancial en la forma de defender las ideas

Nos enseñan la biología y la arqueología que, mucho tiempo antes de la consolidación cultural de los pueblos del Mediterráneo, el descubrimiento del fuego, la fabricación de las primeras y rudimentarias armas y la invención de la rueda alejaron sustancialmente al homo sapiens de sus primos homínidos más cercanos.

Tales invenciones fueron las impulsoras del salto evolutivo de aquellos primeros —y frágiles— anthropos que hoy gobiernan el planeta.

Sin embargo, es a partir de la antigua escuela jónica que nuestra curiosidad investigativa, junto con un agudo sentido de observación, nos condujo no solo a otros asombrosos inventos técnico-prácticos, sino también a sentar las bases de toda una serie de especulaciones teórico-científicas sobre el arché y la constitución del universo.

No está de más recordar que, para la mente clásica griega, conocer la verdad consistía en el desocultamiento de las cosas: solo quitando el velo, estas saldrían de su escondite metafísico para ser vistas, clara y distintamente, tal y como ellas son, sin que en ello tercie el prejuicio ni la anatemización de los posibles hallazgos.

Desgraciadamente, en la era de la posverdad, día tras día florecen perniciosas actitudes en contra de la conducta racional forjada desde la Antigüedad, pues se toma por verdadero lo que todavía no se ha verificado rigurosamente; todo ello coadyuvado en demasía por la conectividad.

Teorías poco científicas y risiblemente ridículas —como el test de Bechdel o la desigualdad de Gott— ¡cuyos enunciados ni siquiera deberían entrar en la categoría de conjeturas!, forman parte hoy del imaginario colectivo que pretende dar solidez a proposiciones que nacen del feminismo más recalcitrante, así como a ideas que intentan dar contenido a atrevidos cálculos matemáticos que fijan la fecha posible del juicio final.

Esas y otras bagatelas pseudocientíficas llevan al “curioso-vulgar” (¡el que concibe la investigación como la recolección de cuantos hechos disímiles le sirven para confirmar una regla!), no al desvelamiento de las cosas en sí, sino, por el contrario, a usar un enunciado no demostrado —ni demostrable— que pasa por regla como forma de paradigma de lo verdadero; todo ello con el fin de construir y justificar narraciones coherentes que, por lo general, benefician a algún gremio.

Cabe resaltar que no es un fenómeno contemporáneo. Encontramos algunas lúcidas coordenadas sobre el “nacimiento de esta tragedia” en la conferencia La política como vocación (1919), del sociólogo alemán Max Weber.

Para Weber, en los albores de la modernidad occidental (siglo XV), la humanidad había empezado a considerar como trasnochadas e inciertas las milenarias profecías bíblicas, produciéndose con ello toda una serie de incisiones en los distintos ámbitos sociales (económico, político, cultural y religioso).

La vida en aquellas sociedades tradicionales, según Weber, se resquebrajó, a tal punto que los valores hegemónicos que unían a los miembros dejaron de ser uno y múltiple: lo bueno, lo bello y lo verdadero perdieron su equivalencia ontológica.

Así, a partir de esa crisis de valores, algo podría considerarse bueno y no necesariamente ser bello; algo podría ser verdadero y ni ser bello ni bueno. Esa multiplicidad de nuevos criterios y sus permutaciones crearon enormes y angustiantes vacíos que, incluso hoy, algunos se ven en la obligación de rellenar de alguna forma y recurren —consciente o inconscientemente— a variedad de relatos que explicarían el mismo suceso.

Por eso, que el criterio de decisión (test de Bechdel) para financiar una producción cinematográfica, cuyo guion respete la ideología de género, consista en las condiciones descritas en el diálogo entre dos personajes de ficción de un cómic estadounidense, no hace más que convertir las “buenas intenciones” en el escalofriante argumento sesgado que los partidarios de lo políticamente correcto quieren imponer al resto de los ciudadanos.

Y, si a lo anterior le añadimos unos cuantos gramos de hortera posmodernista y relativismo barato, tendremos el caldo de cultivo para que afloren ideas tan descabelladas que podrían convertir la verdad en posverdad, y viceversa.

barrientos_francisco@hotmail.com

El autor es profesor de Matemáticas.