Darío Feiguin.   8 marzo

La decisión que tomó hace unos días el gobierno de Polonia de prohibir por decreto el uso del término “campo de concentración polaco” es un intento de modificar la historia.

Quiero explicar esto, porque algunas personas se habrán sorprendido, como yo, de las reacciones en las redes sociales, que son, claramente, viscerales.

Indiferencia. Ningún judío y, en mi opinión, ningún ser humano sensible puede quedar apático frente al Holocausto. Fue la peor tragedia causada por seres humanos en la historia de la humanidad y finalizó hace tan solo 73 años. Algunos lo vivieron en carne propia. Este genocidio terminó con tres cuartas partes del pueblo judío. Muchos de nuestros padres, abuelos y bisabuelos fueron condenados al hambre, al frío, a la humillación, a ser considerados infrahumanos, a morir en las cámaras de gas y que sus cuerpos se incineraran en los dolorosamente famosos hornos crematorios, cuyo humo negro llevaba, tal vez hasta Dios mismo, el clamor de una humanidad deshumanizada.

Ningún judío y, en mi opinión, ningún ser humano sensible puede quedar apático frente al Holocausto

Agradezco a mi amigo el rabino Daniel Goldman que me hiciera recordar la extraordinaria y escalofriante metáfora del rabino de Belz, que había dicho que en ese espacio profanado de los famosos campos de exterminio “la costra de un pan mohoso era un lugar inmensamente mayor que todo el Mundo por Venir”.

Polonia no está negando el Holocausto, pero en un mundo donde el negacionismo es parte de la agenda de muchos cabilderos políticos, este decreto causa escalofríos.

Ayuda polaca. El 90 % de los judíos polacos fueron asesinados por los nazis durante el Holocausto. La gran mayoría de esos campos de exterminio estaban situados en el territorio polaco, y hay diferentes opiniones sobre el nivel de colaboración de los polacos no judíos con los asesinos, desde el pogromo de Jedwabne hasta las columnas negras de humo humano que cruzaban el cielo a la vista de todos y al lado de innumerables poblados. No conocemos el nivel de la complicidad, pero sí sabemos que la hubo.

Hubiera sido más humilde y más conducente hacerse cargo, una disculpa, una reflexión, un programa educativo. No un decreto. Los decretos no pueden modificar lo que pasó, ni ayudan a sanar heridas que aún están abiertas.

En Costa Rica, como en muchas partes del mundo, viven todavía algunos sobrevivientes del Holocausto. Ya van quedando menos. Ellos tienen un número tatuado en su antebrazo y las señales del horror selladas en sus almas. ¡Pregúntenles a ellos! Ellos son la expresión viviente de una historia que no se puede borrar, ni siquiera con decretos.