27 octubre, 2014

Recientemente se realizó un evento de los muchos que deben efectuarse en La Sabana. Había ventas de comida y toldos con mesas y sillas, directamente asociados a los puestos de comida. Fui testigo, de primera fila, de la situación que hoy narro.

Una mujer de mediana edad andaba en busca de una silla para sentarse y comer los productos que acababa de adquirir. ¡Misión imposible! Las mesas estaban ocupadas por personas que no estaban consumiendo, pues, simplemente, descansaban y se resguardaban del sol. Pero había unas sillas con paraguas en el asiento. Preguntó si podía usar una y le respondieron: “¿No ve que está ocupada?”.

Juro que yo vi un paraguas sobre la silla y a ninguna persona.

La mujer siguió esperando a ver si alguna otra se desocupaba. Nada…

Volvió a preguntar por las sillas y, entonces, los que estaban cerca de ellas llamaron a un adolescente, de unos 14 años, para que se sentara donde estaba el paraguas. Seguían sin consumir nada…

En los buses, nadie le da campo a una persona mayor o a una señora embarazada. Y, en La Sabana, un adolescente se sienta a descansar bajo un toldo sin tener la cortesía mínima de cederle el lugar a alguien que lo necesita para comer. Estas son las normas de urbanidad, de civilización y de convivencia que se han vuelto, lamentablemente, usuales.

¿Habrá chance de revertir esta triste realidad?

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