Bryan Acuña Obando. 30 enero

Ha pasado una larga jornada desde que enormes grupos de ciudadanos venezolanos pidieron la intervención de la comunidad internacional por su precaria situación. Las olas migratorias que se han desatado son reflejo de que algo malo ha estado ocurriendo. La lógica dicta que nadie migra sino es por buscar un mejor futuro.

Los hechos que acontecen en el gobierno de Caracas los últimos días ponen de manifiesto que, aunque tarde, el asunto está cambiando de modo abrupto. Quizás en un desliz de extrema confianza del gobierno de turno, o probablemente porque el descaro de la ilegitimidad de su mandato ya no les importa –porque cuentan con las herramientas de dominio del poder de su lado, principalmente las fuerzas militares–, dejan claro que al gobierno de Nicolás Maduro no le importa la institucionalidad de su país.

Maduró montó elecciones viciadas, sin visores internacionales ni reconocimiento y remató con una toma de posesión frente al Tribunal Supremo de Justicia, profanando la integridad de la Asamblea Nacional, lo cual los ha llevado a perder apoyo a internacional.

Lo que sigue es convencer a fuerzas militares y policiales que desistan de sostener el régimen de Nicolás Maduro y ayuden en el proceso de transición

Situación actual. El resultado es Juan Guaidó. El presidente de la Asamblea Nacional, apegado a una interpretación de la Constitución venezolana (redactada por el chavismo), asumió de forma interina la presidencia del país hasta que se pueda convocar a nuevas elecciones, libres y democráticas. Hago aquí un corto paréntesis para señalar un error periodístico que ha generado una visión equivocada: Guaidó no se “autoproclamó” presidente, sino que se juramentó así basado en la Constitución de su país, por lo que llamarlo “presidente autoproclamado” busca deslegitimarlo.

Esta toma de posesión generó que el país cuente con dos gobiernos al mismo tiempo, uno dirigido por Nicolás Maduro y otro por Juan Guaidó. El primero es apoyado por países del ALBA, potencias como Rusia y China, mientras que Guaidó suma apoyos de países occidentales, encabezados por Estados Unidos, y en los próximos días se sumarán más países de la Unión Europea que dieron ultimátum a Nicolás Maduro para que permita la convocatoria de elecciones libres.

Las alianzas político–militares hace que algunos auguren de modo apocalíptico un enfrentamiento abierto de potencias por el territorio venezolano, pero lo cierto es que ningún país meterá las manos al fuego por el gobierno de Maduro, el cual es funcional para los gobiernos chino y ruso, pero no lo suficiente para ir a una guerra para mantenerlo en el poder.

Es seguro que la diplomacia de la billetera china logrará fuertes contratos en materia energética y de recursos en general con el gobierno de turno, mientras que en el caso del gobierno ruso, sus intereses asociados a la venta de armas, petróleo y oro es lo que mantiene el apoyo a Maduro, y no, necesariamente, tener una base permanente en América Latina, ya que sus preocupaciones inmediatas están en Asia.

La labor que está realizando el gobierno interino de Guaidó es inteligente, gana legitimidad internacional, aunque no es suficiente para generar un cambio real, puesto que cualquier intervención extranjera será mal vista por la defensa a la autodeterminación de los pueblos.

Transición pacífica. Lo que sigue es convencer a fuerzas militares y policiales que desistan de sostener el régimen de Nicolás Maduro y ayuden en el proceso de transición, lo cual, sin duda, será una labor titánica mientras los altos mandos de estas instituciones se mantengan al lado del gobierno de Maduro.

Sin embargo, el otro extremo que se teme pueda ocurrir es que los militares transformen el proceso de transición en un golpe de Estado, lo cual sería nefasto para el pueblo venezolano dada la situación paupérrima que vive. Las rutas no son muchas y los resultados de cada acción puede que no sean la “salida” requerida. Los pasos que siguen son determinantes y de sumo cuidado.

El autor es profesor de Relaciones Internacionales.