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Tiempo para el pesimismo

El estado solidario es un mito: somos un país donde reinan los egoísmos corporativos.

“El tiempo perdido por los estudiantes debido a la huelga es un daño colateral legítimo”, expresó la dirigencia sindical del magisterio. Los estudiantes, razón de ser de todo sistema educativo son carne de cañón prescindible para el gremio. Así se explica por qué, pese al enorme gasto nacional en educación, la calidad es de mala a mediocre, de acuerdo con los resultados de mediciones objetivas internacionales, puesto que el fin no es educar, sino repartir la parte del león de ese presupuesto entre sus operadores.

Para ello, hacen a un lado el derecho a la educación de los niños y los adolescentes, aunque está consagrado en la convención ratificada por el país, y también el interés superior que debe prevalecer respecto a ellos.

El magisterio es muestra de un corporativismo egoísta y altamente dañino. ¡No estamos en época para el optimismo!

Los muy bien remunerados magistrados del Poder Judicial, a quienes se les paga con lo recolectado de los impuestos directos e indirectos que pesan sobre todos los ciudadanos, viven en una especie de autismo moral: el país a punto de una quiebra fiscal es asunto de otros.

Una mayoría de ellos, no todos es justo reconocer, son incapaces de mostrar señorío y renunciar a sus privilegios económicos y defenderlos a capa y espada sin siquiera detenerse a pensar que en una debacle fiscal, como la que parece avecinarse, no habrá de dónde sacar dinero para mantener sus jugosas entradas económicas por más Constitución y leyes que haya para protegerlas. Otra demostración de intereses corporativos insolidarios.

En la llamada “huelga nacional”, sobraron los desplantes de matonismo contra los trabajadores fuera del ámbito estatal y contra los que no quisieron sumarse a ella.

Los cierres de vías públicas fueron muestra de ello. Aunque las llamen tortuguismo en un vano afán de suavizar la agresión a la ciudadanía, se le cercenó el derecho a la libre circulación y desplazamiento a una gran cantidad de costarricenses, lo cual les significó pérdidas económicas, en la mayoría de los casos, incluso, su fuente de trabajo a quienes fueron despedidos por pequeñas empresas que no resistieron el embate. ¡Falta de solidaridad con la clase trabajadora que no es del sector público y a sus patronos que les dan empleo!

Injusticia. Los casos más patéticos de intereses meramente corporativos e insolidarios se manifestaron en el campo de la salud: bloqueos y contaminación de la entrada a los quirófanos para impedir las cirugías. Pérdida de tiempo en las carreteras de pacientes de las periferias que, como consecuencia de ello, no llegaron a citas por las que esperaron meses y hasta años.

La cancelación de cirugías y procedimientos médicos por la falta de personal de apoyo, e incluso las bulliciosas marchas con tumbacocos y megáfonos que se originaban o pasaban frente a los hospitales, donde los pacientes debieron lidiar con sus dolores y angustias, y el enorme ruido externo producido por quienes se proclamaron a sí mismos defensores del pueblo o el pueblo mismo, más un enorme y doloroso etcétera. ¿Cómo ser optimista?

El limbo donde quedó el proyecto que tan solo frenaba la loca carrera del Estado hacia el precipicio financiero nos quita toda esperanza de optimismo que pudiera quedar: el corporativismo egoísta en que se ha sumido el país evita toda ilusión de obtener ingresos y reducir gastos de manera que lleguemos a una situación de precaria estabilidad donde lo que se gaste sea al menos igual a lo que ingrese.

¡Duros tiempos le esperan al país porque la pobreza no aumentará en centésimas o décimas porcentuales sino en decenas de unidades!

La ceguera de no pocos los hace sentir triunfadores y hasta felices con la votación de la Corte. ¡Cosas veredes!

El autor es historiador.

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