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Sin retorno

Frente a la pantalla del viejo cine Variedades, la película El retorno me llevó a caminar por el San José de 1934. Aquellos escenarios son parte del rostro de esa Costa Rica que permanece intacta y, sin embargo, hacen reconocer que algo profundo de la sociedad costarricense ha cambiado inexorablemente...

Sigue siendo el mismo pueblo, humilde y humillado, disfrutando entonces con sencillez las pequeñas alegrías, mientras toma su cerveza Gambrinus, afrontando como ahora, con dulce mansedumbre, las tragedias de la vida.

El reportaje y los anuncios antes de la película muestran ese pueblo sufrido rodeando a los caudillos. Don Ricardo Jiménez interrumpe por un instante su seriedad de gamonal para sonreír con galantería a la joven que le ayuda a cortar una cinta inaugural. Don León Cortés, con ceño fruncido de mandador amargado, arenga desde la tribuna a una multitud que lo adora, ¡Costa Rica de los caudillos, de los gamonales, de los mandadores, de los cafetaleros, de "los de arriba"! En el Country Club brindan con champán a la salud del Presidente de Colombia.

Mujeres de rostros redondeados, que sin ser bellos tienen una suave gracia, sonrisa tímida de adolescente, pendientes de la mirada de los peones fornidos o de los elegantes petimetres que se deslizan como cisnes por el foyer del Teatro Nacional.

San José sigue siendo el mismo pueblo rural que se niega a crecer y convertirse en ciudad y prefiere desparramarse por el valle. Nunca había sentido tan pequeñitico a San José. Ciudad chirrisca, que no permite amar con libertad. Si usted cierra la puerta, le quedará siempre un pedazo de corazón por fuera. De niño me parecía que mi ciudad natal era refugio y prisión al mismo tiempo, rodeada de montañas, sin una sola visión al infinito, sin largos horizontes, sin vista a la inmensidad.

A lo lejos, la villa, el campo, el cafetal, la enorme finca ven San José como un país distinto. La distancia social es infinita, desmesurada, como si el resto del país fuera Siberia y la avenida central una calle del centro de París. ¡La belleza, eso sí, no cambia nunca! El trópico en su forma más risueña, apenas un apunte, un boceto, miniatura acurrucada en sí misma, sin estepas ni praderas, sin grandes lagos ni enormes cordilleras.

Nunca había disfrutado tanto el cine mudo. No sabía que una película muda pudiera ser tan elocuente. Harto de las extravagancias del cine actual, mostrario tecnológico de efectos especiales que cansan a fuerza de explosiones visuales y sonoras, esta proyección silenciosa me permitió de nuevo ser un contemplativo entre la oscuridad. La sencillez de la comunicación directa, desnuda, transparente, escuálida, pero terriblemente bella, natural y humana, nos cuenta una historia de amor en un escenario que no permite muchas digresiones en la cama.

Seguimos siendo los mismos ticos de entonces y de siempre. La escala diminuta de nuestro espacio en un país maqueta no nos permite desplegar vientos huracanados de pasiones por la estepa. Tenemos que adaptarnos, conformarnos con vivirlas por dentro y en silencio, aunque parezcamos señores y señoras respetables, sencillos y decentes, incapaces de perder la cabeza por grandes deseos tormentosos y cometer locuras o escándalos feroces.

El joven Aguilar es miembro de la elite. Vino a la capital para estudiar derecho, está bajo la protección de un tío terrateniente y cafetalero. Es el prometido de su prima y todo parece indicar que será el heredero de una buena fortuna, candidado ideal para convertirse en un señor respetable de la Costa Rica que tiene como lema "Orden, trabajo y paz". Comete el error de enamorarse de Dorita, una mujer "de mundo", y cuando se ve envuelto en un robo, el jefe de la policía lo recrimina diciendo que es imposible que haya cometido un robo siendo "un Aguilar". Lo que molesta al policía no es que haya robado, sino que haya puesto en peligro el prestigio de su estirpe.

En esa Costa Rica el campo es el refugio, el recinto sagrado del trabajo y de la paz. San José, un pequeño "Gran Hotel", un diario y un Teatro Nacional, es donde los jóvenes campesinos se pierden y en vez de estudiar leyes se enamoran de Doritas, que los convierten en pillos y ladrones. En la finca rural lo espera Eugenia, para brindarle el reposo y la tranquilidad de un buen hogar. Dorita, la mundana que despierta lujuria y tentación, y Eugenia, la esposa dulce y casta que solo despierta un amor espiritual, dos únicas opciones para las mujeres ticas de entonces... y de hoy...

El joven Aguilar tiene por lo menos dónde retornar, pero nosotros, los ticos del 95, ¿a dónde podemos retornar? Los quioscos del Templo de la Música y del Parque Central siguen siendo los mismos, a pesar de todo la gente va "a ver ventanas" a la avenida central. Ahí están los mismos huecos en las mismas calles y aún suenan las campanas de la Catedral, La Soledad, El Carmen y la vieja Merced. El escenario urbano de 1934, aunque se ha desbordado un poco, sigue con su viejo complejo de portal. Pero ya no somos los mismos. La ambición económica nos ha convertido en asaltantes, el sexo por la tele nos ha convertido en violadores y la corrupción moral nos ha vuelto cobardes.

Ahora vivimos las pasiones como entonces, con la vieja hipocresía, con el mismo cuidado en encubrirlas, la misma discreción, el mismo celo por no perder prestigio ni atentar contra la decencia y la convencionalidad. Y ahora no tenemos adónde curarnos las heridas, adónde huir para encontrar descanso, refugio y protección. La romántica Eugenia ahora es feminista y se vino a vivir en un apartamento en San José...

¡Sin retorno! La nuestra es Costa Rica sin retorno. Hemos destruido el campo, hemos desarticulado su economía campesina, hemos envilecido la comunidad rural, hemos ensuciado el paisaje, hemos contaminado el agua y la sangre de la gente y ahora no tenemos dónde ir. Hasta una película humana y noble como El retorno es arqueología de una edad de oro de la comunicación.

Salí del Variedades a caminar exponiéndome a un asalto, me senté a mirar la cúpula del quiosco del Parque Morazán y supe de repente que ya no habrá retorno, que con el campo en ruinas solo nos queda el pueblo grande que insistimos en llamar la capital...