Jacques Sagot. 2 agosto, 2015

Ford fue el padre del “ensamblaje en línea”, la “producción en masa”, el moderno esclavista que implantó el salario de cinco dólares la hora para el obrero; pudrió el planeta, nos tiene nadando en dióxido de carbono; forzó el diseño urbano de las ciudades americanas de manera tal que se hiciese imprescindible, debido a las distancias desmesuradas, la adquisición de carros; boicoteó los medios de transporte colectivo; financió el fascismo en Europa y propugnó el más apestoso racismo, en su antisemítico texto The international Jew.

Transformó el mundo en una inmensa, ruidosa y contaminante fábrica: exactamente lo que vemos en Los tiempos modernos, de Chaplin. Murió plácidamente a los ochenta y tres años, convertido por los gringos en prócer de la patria, al arrullo de un capital de $181 billones que posiblemente usaba para rellenar sus almohadas y edredones.

Por supuesto, nunca faltan esos que saltan con el sempiterno argumento: “¡Generó cientos de miles de empleos en plena crisis de 1929!”. Cada vez que los políticos o los industriales prometen, con voz trepidante, “crear plazas” o “generar empleos” debo hacer un esfuerzo por no vomitar.

Alienación obrera. ¿A nadie se le ocurre pensar que la gente no quiere quizás trabajar, sino obedecer a eso que llamamos “vocación”, el llamado de una voz interna, de una misión, hacer lo que ama y amar lo que hace?

¿Qué bien le depara al mundo engrilletar a un millón de miserables a sus escritorios, haciendo durante ocho horas al día algo que repudian desde el fondo de sus entrañas?

¿Qué son, estos seres, sino tuercas y poleas en un inmenso engranaje, salchichas en una fábrica de embutidos? ¿Despertar cada mañana para ir a desempeñar una función con automatismo ciego, acrítico, o bien con esa amarga resignación que sobreviene a la impotencia para transformar el entorno social que nos asfixia? ¿No es esta la definición misma del infierno? ¿Hacer durante cuarenta años algo que no queremos hacer, algo que quizás incluso viole nuestras fibras íntimas, esas convicciones éticas que creíamos innegociables? ¿Cómo trabajar para algo en lo que no creemos y no nos genera entusiasmo? ¿Laborar en un escritorio ajeno, la mirada fija en una pantalla ajena, para una empresa ajena, en una corporación ajena, dentro de un mundo ajeno? ¿Sin compromiso, sin convicción?

Hay un nombre para eso: enajenación (en-ajenación): el ser que se hace ajeno a sí mismo. Marx lo denominó “alienación obrera” y, efectivamente, equivale a una forma de locura. Traicionarse a sí mismo. ¿Por qué? Pues porque hay que comer, o lo que es aun más perentorio, darle de comer a una familia. Desoír los mandatos internos, las innere stimme. Fracturados, escindidos, viviendo “de mentirillas”. No otra es la situación de la vasta mayoría de los asalariados.

Se dirá que para un desempleado cualquier trabajo equivale al Valhalla. Así lo sentirá durante un par de años. Luego sobrevendrán el tedio, el hastío, el sentimiento del absurdo, de la vacuidad existencial, de la futilidad de su quehacer… y el Valhalla se transformará en una celda de máxima seguridad. No se morirá de hambre, no. Morirá espiritualmente, que acaso sea peor. Morirá a sí mismo. Silenciosa, perrunamente.

Risa y rabia. El hambre nos mata rápido. El alma, en cambio, agoniza durante décadas, y asiste, impotente, a su propia disolución. Cuando los políticos pretenden dar solución a todos los problemas sociales “generando trabajo” yo no puedo menos que reír… y luego rabiar.

Cierto, el trabajo nos garantiza comer. También nos lo garantizaba, durante el paleolítico, la caza de mamuts. ¿No hemos evolucionado un poco, desde entonces?

Muchas son las personas que se levantan con el sol y se acuestan con el hambre: esos no viven: sobreviven. Luego están los que se desloman el día entero para enriquecer a un individuo cuyo nombre ni siquiera les es revelado, pero se toman su sopita al llegar a casa: esos existen –como las piedras, las alcachofas, los electrodomésticos–. Por fin están los que hacen lo que aman: esos –solo esos– viven.

“Llegar a ser algo o alguien” es una expresión que se oye con frecuencia. ¿Qué significa esto? En primer lugar, mala cosa sería para un ser humano convertirse en “algo” –o propio de los objetos inanimados–. Pero más grave es el pronombre indefinido “alguien”.

¿Es que no somos nadie, al día de hoy? ¿No tenemos identidad, sustancia ontológica? ¿Seremos ectoplasmas, entelequias, fantasmas, proyectos, bocetos, potencia que no coagula aún en acto (Aristóteles)?

Ser “alguien” significaría, tal parece, llegar a tener “un nombre”. Pero ¿es que no lo tenemos? ¿No fuimos bautizados? ¿Permanecemos aún innominados, anónimos? Ser “importante”, “famoso”, “exitoso”, “poderoso”, “reconocido”, acaso inmensamente rico: ¿Es así como nos convertimos en “alguien”? Quienes no logran tal cosa, no pertenecen al Ser: son residentes de la Nada, los pobres.

Nadie es la personificación de la Nada. Cuando se dice de alguien que es un “don Nadie” se le desustancia, se lo borra del Ser. Nemo et nihil: vieja ecuación.

¿Qué es el éxito?. Así que para ser, hay que ser “exitoso”. Intentemos, entonces, definir qué es el éxito: ¿Tres Premio Nobel? ¿Los setenta y seis billones de dólares de Slim? ¿Figurar en la revista Forbes entre los diez magnates más ricos del planeta? ¿Ser votado t he sexiest man alive por People Magazine ? ¿Ganar cuatro veces el balón de oro de la FIFA, como Messi? ¿Ser declarado por la prensa internacional “personaje noticioso del año”? ¿Descubrir petróleo en el patio de la casa? ¿Inventar un nuevo cacharro cibernético y mercadearlo eficazmente, a la manera de Jobs? ¿Vivir en una mansión con un zoológico privado y un harén de rubias siliconadas, tal el caso de Hugh Hefner? ¿Tener en el garaje tres Jaguares, ocho Ferraris y doce Rolls Royces? ¿Proponer un nuevo paradigma científico que explique la estructura espacio-temporal del universo?

Entérense amigos: de no haber logrado ustedes alguna de estas cosas, no son nada ni nadie. Un ser aún no proferido, un amago de persona, ciudadano del reino de lo increado, menos que neblina.

Ser “alguien”: esa es la consigna, el grito guerrero. En realidad, más difícil que alguna de estas hazañas sería calificar como lo que llamamos “una buena persona”. Buena, sí, no digo más. Un ser humano decente: no pido un mártir o un héroe: la madre Teresa, Gandhi o Juana de Arco, siendo grandes seres humanos, quizás no fueron buenas personas (¡no es lo mismo!).

Decente: así de simple, así de complejo. Capaz de decirle “buenos días” al vecino, de socorrer a un perro que yace herido a la vera del camino, de no tirar basura en sitios públicos, de observar una pinche señal de tránsito… Una persona “bien nacida”, un hombre o una mujer “de buenos sentimientos”, ¡eso es tanto, tanto, tanto!

No es necesario poseer una inteligencia superlativa: a esas que se las lleven los gringos para llenar lo que ridículamente llaman thought tanks , las “juntas de notables”, el G-20, o que las pongan, como a John Nash, a encontrar teoremas matemáticos capaces de explicar los sistemas complejos y develar las arcanas leyes que gobiernan el “aleas” en la vida cotidiana.

No, no es eso lo que queremos. Bástenos con una persona “de buen corazón”. Insisto en la noción de “persona”, pues hay por millones que, siendo seres humanos –en tanto que especie– no llegan al nivel de “personas”. Eso es “ser alguien”, y –entérense–, es tremendamente difícil.

Jacques Sagot es pianista y escritor.