Carlos Retana Méndez. 3 septiembre

Hace falta un cambio de actitud. Nuestro país está cada vez más cerca de una crisis económica y sobran quienes dicen que es un invento del gobierno o de la prensa para pasar el plan fiscal, que no habrá tal crisis aunque la reforma no llegue a ser aprobada por el Poder Legislativo.

Los grupos de presión, interesados en mantener sus ventajas económicas, no han cedido un ápice. No están dispuestos a aflojar en nada que signifique no mantener su estatus. Quieren que el gobierno se las arregle con su problema, que vea de dónde saca el faltante para seguir, como si viviéramos en Jauja, como si a fin de cuentas el problema, finalmente, no nos fuera a afectar a todos.

Nosotros, los “privilegiados” de ese tiempo, sobrevivimos a esa vorágine. Pero a menudo me pregunto qué fue de los verdaderamente pobres en aquellos años

Entre los que así piensan es posible que estén quienes nacieron cuando el país comenzaba a recuperarse o ya había superado la devastadora crisis económica iniciada en 1980, durante el gobierno de Rodrigo Carazo Odio, cuyas secuelas se prolongaron por más de una década. No creen porque no lo vieron ni vivieron el sufrimiento de la población costarricense de esos años.

También están quienes sí recuerdan, pero, por conveniencia o cálculos políticos de variada índole, prefieren ignorarla y dejar que al gobierno le vaya mal, con la mira puesta en el logro de tristes réditos electorales en el futuro.

Daño generalizado. Olvidan, quienes tienen esta actitud, que las crisis dañan todos los aspectos de la vida de una nación. Nada se salva. Para citar solamente unos cuantos, pensemos en el aumento de la criminalidad, el desempleo, la quiebra de empresas pequeñas y medianas, el aumento del empleo informal, la depresión de la economía, la devaluación de la moneda, la inflación alta. Los ingresos de las clases medias y asalariadas no alcanzarán ni para las necesidades básicas de las familias; la educación entre ellas. Las esperanzas de muchas familias sobre una educación buena para sus hijos se verán frustradas.

“O comemos o viajamos en carro al trabajo”, me decía un amigo a comienzos de los 80, cuando contábamos cada colón y comprendíamos que no teníamos dinero para comprar combustible. “Si gastamos ese dinero en gasolina, será una invitación a la pobreza”, agregaba.

Tener un carro nuevo era privilegio de pocos. La mayoría del parque automotor eran vehículos que adquiríamos usados y tenían un aspecto ruinoso. Muchas piezas estaban marcadas con el número de placa, entre estas el parabrisas y otros vidrios porque tenían gran demanda en los mercados de piezas robadas, que no tardaron en aparecer. El caos imperante en lo cotidiano disminuyó grandemente nuestra calidad de vida.

Futuro incierto. Nosotros, los “privilegiados” de ese tiempo, sobrevivimos a esa vorágine. Pero a menudo me pregunto qué fue de los verdaderamente pobres en aquellos años.

Pregúntense quienes se oponen obcecadamente a lo que el gobierno propone, si la actitud de “a mí no me toquen”, que ha permeado en todos los niveles de nuestra sociedad con respecto al recorte de privilegios, si es razonable y patriótica o si solamente es puro egoísmo pueril que les nubla el entendimiento y no les deja ver con claridad el enorme peligro que se cierne sobre nuestro país.

El tiempo sigue pasando. Se nos está haciendo tarde para demostrar cuánta solidaridad tenemos, no con los perseguidos políticos o víctimas del infortunio provenientes de otras naciones, en lo cual nuestro país ha sido ejemplar; sino con nosotros mismos, como una sociedad que debe luchar y hacer los sacrificios que las circunstancias exigen para salvaguardar su bienestar. Por ello, hace falta un cambio de actitud.

El autor es ingeniero.