29 enero, 2017

En julio de 1913, el poeta José María Zeledón, autor de la letra del himno nacional de Costa Rica, publicó un artículo en el periódico La Linterna a propósito de la campaña electoral de ese año, la primera en la que se pondría en práctica el voto directo (antes las elecciones eran de dos vueltas).

En las propias palabras de Zeledón: “la sirena de la política ha entonado ya sus pérfidas canciones”, y el efecto más visible de esa perfidia era que el dinero “corre en estos momentos como el agua de la cañería”, ya que para tener posibilidades de triunfo en la contienda electoral se necesitaba gastar cada vez más.

Tal situación podía resultar desmoralizadora, puesto que parecía que en Costa Rica, “quien no disponga de un millón de colones para botar a la calle no puede pensar en ser presidente”.

Empleados. La queja de Zeledón no carecía de fundamento. Por esa época, el desarrollo de prácticas democráticas y la realización de comicios cada vez más competitivos habían encarecido rápidamente el costo de las campañas electorales: un millón de colones de 1913 equivaldría a unos ¢6.000 millones en la actualidad.

Según Zeledón, el incremento en el costo no debería ser un obstáculo para que hombres de mérito y energía pudieran proponer su nombre a los votantes. Por ese motivo, el entonces presidente, Ricardo Jiménez Oreamuno (1910-1914), había ideado un plan para que los empleados públicos (de los cuales el país estaba repleto) pagaran los “patos electorales”.

Tal iniciativa constituía para Zeledón “una legítima conquista democrática”, que alegraría a todos los “que repican aquí en la procesión de los partidos”, ya que se proporcionaría “a cualquier pelado el lance de apechugar con la primera magistratura”.

Candidatos. Después de asistir a una actividad electoral, Zeledón fue testigo de las opiniones expresadas por algunos ciudadanos sobre dos de los candidatos a la presidencia. Dichos aspirantes “habían sido retratados como bebedores de sangre, secuestradores de hombres, inquisidores refinados, ladrones, incestuosos y borrachos”. A su vez, los partidos que los apoyaban fueron definidos como “hordas de salteadores y concupiscentes”.

Un tercer aspirante a la presidencia no se exceptuó de comentarios de tal índole, ya que fue calificado como “instrumento de la mano negra” y el responsable de haber “estrangulado todas las energías del país después de vender al honor nacional a los piratas extranjeros”.

Evidentemente, el partido de ese tercer contendiente no quedó al margen de valoraciones similares, puesto que fue equiparado con un grupo de “bandidos”, “un círculo de vampiros” y un “contubernio de apaches”.

Uñas. Dado que ese feroz canibalismo político podía aterrorizar a los extranjeros que residían en Costa Rica, Zeledón consideró oportuno aclarar que esos comentarios constituían la forma en que a los costarricenses les gustaba mostrar su cariño.

Finalizada la contienda electoral, y una vez que hubiera triunfado “cualquiera de esos facinerosos”, los costarricenses –según lo enfatizó Zeledón– no tendrían “inconveniente alguno” en ir a felicitar al ganador, “y aun a pedirle algún favorcillo de esos que no se niegan jamás a los amigos. Sobre todo cuando es con dinero ajeno que se otorgan”.

En contraste con los altos personajes de la política, que jineteaban los sillones ministeriales y recibían buenos sueldos, la gran mayoría de los ciudadanos, indicaba Zeledón, padecían por el aumento en el costo de la vida: “el dulce por las nubes, los frijoles trepados, el maíz vuela que vuela, la leche más escasa que la vergüenza en ciertos diputados, la manteca a peso de oro”.

Para esta mayoría no quedaba más que entretenerse “honestamente en comerse las uñas y en cantar loas a los gobiernos probos e innovadores que saben cortar de raíz el viejo y podrido sistema de los repartos de la hacienda pública”.

Espectáculo. Mientras en todo el país solo se escuchaban vivas a favor de los distintos candidatos, Zeledón, tras evocar una escena del Juicio Final, contemplaba cómo “la muerte anda más bien prodigando su pestilencia por las calles”.

La contienda electoral, opinaba Zeledón, “tiene la mágica virtud de proporcionarnos el espectáculo macabro de cadáveres políticos que todos creían pulverizados, saliendo de sus tumbas al conjuro de los viejos clarines nacionales”.

Zeledón veía como estos cadáveres buscaban por aquí y por allá las partes de sus cuerpos que les hacían falta, mientras se colocaban “con precipitación la careta del pudor que muchos otros les disputan”.

Vida. Para Zeledón, en 1913 los costarricenses, al vivar a sus candidatos, parecían deleitarse “con la ilusión de que algo vive aún entre nosotros con vida que no sea la artificial y efímera”, creada por las promesas de las campañas electorales.

A más de cien años de distancia, los costarricenses han aprendido a vivir con esas promesas, pero sin la ilusión respectiva. Pese a esta ausencia, al comparar lo expuesto por Zeledón en 1913 y lo que ocurre en la actualidad es indudable que Costa Rica ha avanzado mucho políticamente.

Hoy día, ya no hay costarricense que crea que los partidos estén constituidos por hordas de vampiros, que los candidatos a la presidencia sean salteadores ni que los cadáveres políticos deambulen por el país tras desasirse del profundo abrazo de sus apacibles tumbas.

El autor es historiador.